3 de agosto de 2013

UN INCIPIENTE ACTOR DE COMERCIALES






En 1973, setentaicinco colones simbolizaban una real fortuna para un niño de siete años, cifra con la que se adquirían variedad de cosas y que podía ser el salario de un mes de cualquier oficinista.   

Setentaicinco colones me pagaron por protagonizar un anuncio de Kleenex, los pañuelos desechables maravillosos que servían para  cualquier apuro como “sacarle los mocos a Otero”, estribillo que inventaron mis compañeros de clase carcomidos por la envidia o por la simple y llana gana de joder de verme en horarios televisivos familiares.

El comercial consistía en que pintara con pinceles en un lienzo y luego les limpiara las cerdas, no entendía cómo podía utilizarse un kleenex para esos efectos con pintura de aceite, ineficacia comprobada mediante el método científico tras horas y horas de perfeccionismo visual en el estudio y de que los benditos pañuelos se quedaran pegados en los dedos, hasta que a alguien se le ocurrió utilizar pintura de agua y facilitar el asunto.

Disfruté cada centavo de esos setentaicinco colones con los que mi padre me abrió una cuenta en el Banco Salvadoreño y que me gasté con toda impunidad en McDonalds y Mini Toys.  Los setentaicinco colones contrastaban con los quince colones que nos pagaban a mi hermano y a mí por pesar y llenar el ciento de cajas con cinco libras de Nutricán o con los veinticinco céntimos por cada par de zapatos que le boleaba a la familia. Me sentía millonario con los setentaicinco colones y me cautivó la manera de ganarlos sin importar mi creciente timidez.

A los meses me invitaron a participar en un comercial de zapatos Adoc, este era una secuencia de fotografías cuyo argumento relataba la vanidad de un padre por su hijo mientras sentado examinaba sus calificaciones y abajo se veían relucientes los zapatos Adoc 5000 de ambos rematando con el pie de foto y eslogan “De tal palo tal astilla”

Mi padre orgulloso de su descendencia se sintió ofendido por la  creatividad ramplona del copywriter. La campaña salió publicada en diarios y revistas y mis honorarios fueron unos discretos cincuenta colones, fruto de aguantar los flashazos de un fastidioso fotógrafo.

El tercer comercial del que fui partícipe, el de jabón Lovel de tocador,  me hizo transpirar sangre y fiebre y acabar rendido y lleno de escamas tras nadar buena parte del día en el Lago de Ilopango.

Aún dudo la utilidad que tiene un jabón para lavarse el rostro en un lago o la capacidad de hacer burbujas sino fue creado ex profeso como detergente,  el chiste era transmitir la alegría de enjuagar las manos y, bañarse, si se podía, en los bellísimos cuerpos de agua del país.    

Infante, como seguía siendo, afloraban mis temores al ver las algas largas surgir amenazantes desde las profundidades del lago y me imaginaba monstruos verdes, guapotes y mojarras con dientes gigantes y arcosaurios antediluvianos.

Las tomas se repitieron aburridas hasta que el agua rebotaba en la superficie en forma de canicas y la cámara captaba el momento exacto antes de deshacerse.

En esa filmación supe que lo mío no era ese medio y que la televisión nunca es lo que parece, sólo deseaba regresar a mi casa y jugar a cerrar los ojos.

Tuve otras ofertas de comerciales totalmente insulsas, ahora detesto la publicidad.   

Gabriel Otero  
             

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