11 de noviembre de 2012

LA LITERATURA SALVADOREÑA Y MÉXICO: UN TRIBUTO MÍNIMO*

PALABRA DE CÍCLOPE




 Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, fotografía cortesía de la Secretaría de Turismo del Gobierno del Distrito Federal

Al leer el título de esta conferencia: “La literatura salvadoreña y México”  en la programación de la Décimo Segunda Feria Internacional del Libro en el Zócalo 2012 me pareció una absoluta provocación acordarse, o cuando menos intentarlo, de los escritores coterráneos que han residido en este solidario país y la monumental gratitud que le adeudamos.

Mucho se habla de las migraciones de intelectuales españoles, argentinos y chilenos propiciadas en un lapso de cuarenta años por los gobiernos de Lázaro Cárdenas hasta José López Portillo,  pero poco se sabe que una muy buena cantidad de creadores salvadoreños se han afincado, por diversas circunstancias y en diversas épocas, en México.

La idea original de este texto me la regaló Carlos Cañas Dinarte y  puede ser un boceto y a la vez un homenaje al ombligo de la luna, este sitio tan querido y admirado por todos nosotros. Planteemos entonces un ejercicio de la memoria.  

Álvaro Menéndez Leal

Tengo presente a Álvaro Menéndez Leal, el dramaturgo, narrador y poeta mostrándome unos versos caligráficos en forma de margaritas cuando él era Agregado Cultural de la Embajada de El Salvador en México. Admirador de Basho y cultivador del epigrama, tenía un pequeño despacho en cuya ventana se miraba perfectamente la calle de Campos Elíseos en Polanco. 

Él fue el primer escritor profesional que conocí a instancias de mi padre.  Álvaro, al inicio, se mostró receloso e incluso entre risas me comentó  la preocupación de mi padre de que yo vendiera enciclopedias de puerta en puerta si estudiaba la carrera de letras. Por fortuna se equivocó, aunque quien sabe, ando cargando mis versos pero nadie me los compra.

Fuimos amigos hasta que un suceso nos alejó y que transcurrió cuando yo era editor de la revista Presencia del Centro de Investigaciones Tecnológicas y Científicas  (CENITEC) en El Salvador en la que estábamos por publicarle la obra La bicicleta al pie de la muralla.

Álvaro como autor podía ser la migraña de cualquier editor o una patada en la entrepierna: el dolor seco en los cojones que a cualquiera halla desprevenido y a la vigésimo tercera revisión de su obra y cambios de puntuación discutimos muy fuerte, jamás lo volví a ver.

Después me dedicó un par de guiños y burlas públicas que tomé con filosofía mientras apretaba los dientes.

Ítalo López Vallecillos

Recuerdo a Ítalo López Vallecillos, a quien Centroamérica le debe gran parte de su estructura para publicar libros: UCA Editores, Educa y Editorial Universitaria. Era famoso por su rigor literario y por haber acuñado el término de Generación Comprometida a la que pertenecieron poetas tan connotados como Roque Dalton, José Roberto Cea y Alfonso Quijada Urías y narradores como Manlio Argueta.

A Ítalo lo conocí muy poco, no lo suficiente, me lo presentaron en alguna fiesta a esas de las que asistía lo más selecto del exilio. Cuentan las leyendas negras que era un editor inclemente con las tijeras y lápiz  en la mano, de esos  ya extintos.

En febrero de 1986 yo estaba fuera de su habitación en el Sanatorio Español cuando se le escapó la vida entre suspiros, la anécdota suena a periodismo grosero o a confesión amarillista, segundos después de su muerte las puertas de los ascensores se abrieron y cerraron no menos de diez veces sin gente adentro.

Horacio Castellanos Moya

Rememoro mi última reunión con Horacio Castellanos Moya en la cafetería de la Librería Gandhi. Estaba por escribir El asco, una novela aceptada por las mentes abiertas y odiada por los nacionalistas y los sectarios, como todo lo que él ha escrito.

Años antes él había publicado La diáspora novela creada en una encerrona de varios meses en Tlayacapan, Morelos, que tenía como locación las entrañas de la de la Ciudad de México y que narraba los incidentes en el exilio de la disidencia revolucionaria.

La diáspora poseía como oscuro telón de fondo una historia de traiciones: el asesinato de Mélida Anaya Montes y el suicidio de Salvador Cayetano Carpio, máximos dirigentes de las Fuerzas Populares de Liberación (FPL), una de las cinco organizaciones que conformaban el Frente Militar de Liberación Nacional.

Charlamos, sin prisas, toda la tarde, el camino que tomaban los acontecimientos en El Salvador en la posguerra era para alarmar a cualquiera, era triste percatarse que el país nunca ha tenido remedio.     

Horacio regresó a México a desempeñar el cargo de jefe de redacción de Milenio Diario, acordamos vernos en un par de ocasiones que no se concretaron.

Jorge Pinto hijo

Estar lejos de donde uno nace y querer estar ahí y no poder regresar es el desgarramiento puro:  a nadie le dolía más el exilio que a Jorge Pinto hijo, periodista y escritor de abolengo, autor del libro El grito del más pequeño y director del periódico “El Independiente” al que incendiaron varias veces en las épocas de mayor represión.

Jorge era mi padrino de bautizo y fue durante la misa del primer aniversario de la muerte de su madre Doña Sara Meardi de Pinto, mi madrina, que asesinaron a Monseñor Óscar Arnulfo Romero el 24 de marzo de 1980.

Jorge fue un apasionado interlocutor atacado por una embolia que atenuó aún más sus deseos irrefrenables de retornar al terruño.   

A Jorge le causó un gusto enorme cuando me incorporé a Diario Latino, el decano de la prensa escrita en Centro América que fue fundado en 1890 por Don Miguel Pinto, uno de sus antecesores.

Jorge falleció a principios de la década de los noventa, se hubiera desencantado por las circunstancias actuales de su país y no es extraño conjeturar que de haber tenido las energías hubiera refundado “El Independiente”.     

César Alberto Ramírez Alvarenga “Caralvá”

La reunión con César Ramírez Alvarenga “Caralvá” y René Rodas, la concertó mi hermano Mario una noche de 1987 en el bar de Sanborn’s del María Isabel Sheraton.

César traía el proyecto de una revista literaria internacional del estilo de “Quimera” y el machote del poemario Cuando la luna cambie a menguante de René Rodas.

Y sucedió lo que siempre sucede con los proyectos independientes de revistas literarias: nadie sabía cómo conseguir fondos para publicarla, pero la plática resultó deliciosa y a la larga produjo una sociedad que inició en el Suplemento Cultural Tres Mil, siguió en el programa radial “Literatura Stereo” y concluyó en el programa televisivo “Tierra de Infancia”.

Con la sensación de escribir la historia

Bastantes autores salvadoreños han vivido en México: Pedro Geoffroy Rivas, Roque Dalton, Rafael Menjívar Ochoa, Ricardo Bogrand, Luis Melgar Brizuela, Rafael Lara Martínez, Roberto Laínez, Melitón Barba, Giovani Galeas, Mauricio Vallejo Márquez, Lauri García Dueñas y Ana Escoto, entre muchos otros.

Y es que acá se tiene la sensación de escribir la historia: la oculta, la personal, la desconocida, la que luego se relata o se disfraza.


* Texto leído en la charla “La literatura salvadoreña y México” de Gabriel Otero el  domingo 28 de octubre en el Foro Carlos Fuentes de la Décimo Segunda Feria Internacional del Libro en el Zócalo 2012.

Gabriel Otero

28 de octubre de 2012

LOS TALLERES EN LA LITERATURA SALVADOREÑA


PALABRA DE CÍCLOPE
 


 Lauri García Dueñas, Ana Escoto, Rolando Reyes, Gabriel Otero y Otoniel Guevara durante la mesa redonda de literatura salvadoreña en el Museo del Estanquillo Colecciones Carlos Monsiváis en el marco de la Décimo Segunda Feria Internacional del Libro en el Zócalo 2012

Haber sido editor de suplementos, libros y revistas buena parte de mi vida tuvo sus ventajas: conocer de la mano de sus autores, lo que producían y en muchos casos, por las fortalezas o azares de la amistad, los alientos anímicos o cataclismos coyunturales que los impulsaban a escribir.

El aspecto que siempre me pareció llamativo de la literatura salvadoreña es la propensión de sus autores a concentrarse en círculos creativos, que, en mi opinión se conjuntaban obedeciendo a dos razones subyacentes: una por afinidades ideológicas, como sucedió en la mayoría de los talleres literarios de la década de los ochenta; o bien, el fomento al culto de la personalidad del organizador del taller, como ha pasado en épocas recientes.

Agruparse resulta hasta cierto punto contradictorio sabiendo de antemano que la literatura la escriben individuos y no colectivos, sin embargo, hay apologistas a ultranza de los talleres que argumentan que de forma paulatina han ido mejorando su estilo al escuchar las opiniones sobre sus textos de los otros integrantes de la cofradía.

Yo, asumo íntegramente mis evoluciones o involuciones, acaso taras, estilísticas de los últimos treinta años, antes no porque aún no me convertía al exhibicionismo, el último taller al que asistí con fervor casi religioso fue en 2011, cuando algunas de mis columnas literario-periodísticas fueron diseccionadas con escalpelo, precisión que les agradezco públicamente al tallerista, un experto periodista cultural, y a mis compañeros de entonces.

En términos positivistas: mis motivaciones esenciales para asistir a ese taller eran medir la fuerza estilística de mis experimentaciones con el artículo, un género en el que cabe el ensayo, la poesía, el cuento, la crónica y la nota periodística; y leer los rostros de sorpresa, fastidio o desagrado de mis colegas. Pero uno, bien o mal, ya está formado por la experiencia o deformado por su ego y se debe admitir, quiérase o no, que de forma invariable habrá alguien más talentoso.

Pero para un joven los talleres pueden ser un arma de doble filo: trampolín al despegue individual o bien un lastre demasiado pesado que lo hunda en los estilos imitativos perennes y a la larga una condena a la mediocridad.

Sin embargo, dentro de sus funciones efectivas están el de promover el conocimiento de la preceptiva literaria, el sembrar el gusto por la lectura y orientar, sobre todo eso, para descubrir la expresión propia de la mejor manera.

Imitar para reinventarse, entender que en los momentos de creación todo bagaje es útil y asumir de una vez por todas que el compromiso de un escritor es escribir cada vez mejor, aunque exista la postura social de apoyar las causas justas.  

Los panfletos no son literatura sólo representan los razonamientos inductivos de mentes perversas o las débiles letanías que se apagan aplastadas bajo las rodillas de ciegos creyentes.

La polémica de la responsabilidad del escritor y la utilidad de la literatura es tan vieja como el Valle de las Hamacas o el Valle del Anáhuac y seguirá discutiéndose mientras el sol nazca al alba y se oculte en el crepúsculo.

Habría que preguntarse qué versos quedan de los dogmáticos escritores que formaban algunos talleres de hace dos décadas, esos que exigían ser publicados con todo y errores ortográficos y si el pregonado hombre nuevo, al que le dedicaban loas y panegíricos, hoy es diputado plurinominal o alcalde de algún municipio desconocido en la montaña.

Nada de eso es importante mientras hoy existan buenos talleres literarios.

Gabriel Otero

25 de octubre de 2012

DOS PERSONAJES DE UNA PRESENTACIÓN

PALABRA DE CÍCLOPE




Fotografía cortesía de Ana Escoto




Aniuxa

Para Aniuxa o Ana Escoto, nacida en San Salvador, El Salvador, en 1984, nunca falta alguien que sobre. Leer su blog fue mi primer encuentro con ella, su frescura fue lo que me atrajo en este mundo en el que la solemnidad es la carta de presentación de los viejos y los mediocres.

Es articulista del periódico “La Prensa Gráfica”, economista de profesión y estudia su doctorado en el rigor del Colegio de México. Descubrió su vocación de narradora en el taller impartido por el salvadoreño por casualidad y mexicano por adopción de Rafael Menjívar Ochoa. Taller que tiene su sede en lo que fue la emblemática casa de Salarrué en los Planes de Renderos.

Entre su obra se encuentra Menguantes y otras creaturas publicada en 2008 en la colección Nuevapalabra de Dirección de Publicaciones e Impresos en El Salvador.

Formó parte de la Antología “Voces del Extremo (VIII)” cuya selección fue llevada a cabo por Antonio Orihuela y publicada en 2006 por la Fundación “Juan Ramón Jiménez” en la Junta de Extremadura, España (1).

Y según las palabras de Manlio Argueta “Ana Escoto es una escritora joven experimental, con un contenido dramático en casi todos sus cuentos donde la nostalgia, lo anónimo y lo depresivo son un tema frecuente, la alienación pero también la rebeldía kafkiana contra las opresiones contra el individuo. Los cuentos no pueden tener un final feliz porque los personajes son infelices en su frágil felicidad, se aíslan para salvarse ante el naufragio, cada quien propone salvarse quien pueda. Salvarse o morir. Rescatarse uno mismo de la prisión interior” (2)

Ana es integrante de una nueva generación de escritores salvadoreños que ha trascendido la guerra como tópico narrativo lo que le genera lectores que buscan sensaciones mucho más intimistas y menos dogmáticas.

Ana Escoto es la que falta pero nunca sobra.    
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(1) Texto de Artepoética.net
(2) “Una poeta joven salvadoreña” de Manlio Argueta  


El ángel demoníaco

A él lo conozco desde hace mucho cuando entre tres poetas tenían secuestrados los premios literarios nacionales y se repartían como barajas los primeros lugares y las menciones honoríficas obteniendo una colección considerable de flores para un ramillete y diplomas para decorar varias paredes.

Él vino del inframundo maya, el mítico Xibalbá que mutó en taller literario en el convulsionado El Salvador de la década de los ochenta del siglo XX y fue uno de sus integrantes más destacados.

Para muchos de nosotros él se convirtió en un referente generacional, la nuestra, la conocida “Generación de la guerra” marcada por el conflicto civil que hizo que el país saltara a los planos internacionales por sus injusticias.

Él nació el 10 de junio de 1967 en La Hacienda Chanmico en el departamento de La Libertad, un territorio a dos pasos de San Salvador que surgió con la idea de que el país es algo más grande de lo que vemos.

Él “…no tiene nombre fijo
 a veces es torrente
 a veces libertad
 a veces huella….” (1)

Le llaman Otoniel Guevara al que he visto recorrer veredas y subir cerros e ir y luego regresar para recrear sonidos y pintar lienzos en el alma con palabras.

Sus versos son punzantes, son verdades desnudas, ternuras a la luz de la luna llena que no se ocultan.

La obra de Otoniel Guevara es vasta, ha publicado, entre otros poemarios: El Solar (1986),  El violento hormiguero (1988), Lo que ando (1992, 1996, 1997),  Lejos de la hierba (1994), Tanto (1996, 2000),  El sudario del fugitivo (1998), Despiadada ciudad (1999),  Erótica (1999), Simplemente un milagro (2001), Cuaderno deshojado (2002),  Isla ilegal (2003), Sosiego (2003), No apto para turistas (2004, 2010, Monterrey, Nuevo León, México), Cuando la lluvia se techa de prodigios (2005, San José, Costa Rica),  Los juguetes sangrantes (2006),  Siemprésima (2007), Rupestre (2009, Monterrey, Nuevo León, México), Canción Enferma (2009), Proclamas para analfabetos (2009), y Todos los ruidos de la guerra (2010, Los Angeles, California, USA).

Parte de su obra ha sido traducida al inglés, al francés, al eslovaco, al italiano, al húngaro y al alemán, además, de ser incluida en una docena de antologías.

Mucha razón tiene Otoniel Guevara al reafirmar que “Solo la poesía nos puede salvar” (2), de nosotros mismos desde luego, y “si el poeta resulta maravilloso es porque a veces encarna la gracia divina. El poeta es un ángel y todo ángel que se respete contiene algo demoníaco”(3).  

Y este ángel demoníaco de Otoniel Guevara ha organizado nueve ediciones del encuentro de poesía “El turno del ofendido” evento que  ha ido ganando importancia en la difusión poética.

Y hasta hace un par de años fue coordinador del Suplemento Cultural Tres Mil, el único suplemento impreso en El Salvador dedicado a la creación literaria y al periodismo cultural que tiene más de 20 años de haber sido fundado.

Otoniel Guevara es todo un personaje con la autenticidad a flor de piel al que esta noche queremos escuchar.

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(1) Versos del poema “Se busca” de Otoniel Guevara    
(2) Afirmación de Joseph Brodsky
(3) Entrevista con Otoniel Guevara por Marta Leonor González, La Prensa Literaria, 11 de febrero de 2006

*  Texto leído durante la presentación de Ana Escoto y Otoniel Guevara en la Décimo Segunda Feria Internacional del Libro en el Zócalo 2012, México D.F., 25 de octubre de 2012

Gabriel Otero