24 de diciembre de 2011

LA FOTOGRAFÍA CON SANTA CLAUS

PALABRA DE CÍCLOPE





Hay daguerrotipos infaltables en cualquier álbum familiar: la pareja celebrando el ritual del matrimonio, ambos con sonrisas nerviosas y diez kilos de menos; la mujer embarazada acariciándose la panza por las patadas del que está por llegar; el bautismo del niño sostenido de la cabeza por aquel compadre al que nunca más vieron; el primer cumpleaños del primogénito embarrando el pastel en las paredes; y la tradicional del hijo sentado en las piernas del personaje barbado vestido de blanco y rojo al que llaman Santa Claus.


Pero a veces los papás son poco o muy caprichosos, y cuando llega la época navideña y el niño ya no es esa masa risueña de baba y fragilidad, intentan convencerlo de posar nuevamente con el habitante estrella del polo norte, la respuesta del infante ha sido un categórico, rotundo y repetido “no” en entregas anuales.

Algunos niños desarrollan fobias con disfraces, botargas y payasos que lejos de causarles risas y gracia les provocan escozor y hasta cierto dejo de repugnancia. Otros mantienen una relación de conveniencia  con Santa Claus, algo así como que creo en ti y te envío listas interminables de juguetes porque me porto bien pero mejor quédate sentadito en tu trineo arreando a Rudolf, el de la nariz roja, y a los demás renos.

Mi hijo pertenecía a este último grupo, los niños infaliblemente extravían la ilusión a cierta edad y ganan a pasos agigantados la injusta racionalidad, y nos hacen suponer a los adultos que es cierto el cuento de las abejitas y que a los bebés los trae la cigüeña de París.

Oh, ilusos de nosotros, que hasta hace poco tiempo escondíamos los regalos que el generoso Santa Claus pagaba con su Master Card y los guardábamos en las profundidades del closet hasta nochebuena, para entregarlos a su único y mimado destinatario, tan es así que en doce años nuestro hogar se ha convertido en una mezcla grosera de juguetería y biblioteca: Rayuela de Cortázar habita entre Woody y el Señor Cara de Papa, y Dublineses de Joyce reposa rodeado de autobuses a escala.

Que mi hijo crezca tiene ciertas ventajas: ahora sí, podremos exigirle la preciada foto con Santa Claus como una reliquia de su infancia que se aleja sobre las nubes.

Le exponemos argumentos que consideramos contundentes, el registro histórico-fotográfico de su momentum personal; la locación perfecta para la instantánea sería un sitio popular, nada de almacenes ni de aburridos malls.

Queríamos un Santa Claus prieto con barba blanca, de esos que apestan a tequila para aguantar a tanto escuincle llorón, de esos émulos de Papá Noel que se ganan la vida con almohadones en el estómago y que bajan de talla al concluir la temporada por el calor del disfraz.

Y un domingo nos fuimos a la Alameda Central, punto de reunión de las damas de sociedad durante la Colonia, pero que desde hace 60 años es el lugar habitual para verbenas navideñas en el que se juntan más de 40 Santa Claus con sus sets y estudios móviles que no se dan abasto para cubrir la demanda de las multitudes ávidas de algo más para recordar.

Mi hijo pensó que la exigencia era broma, una puntada más de las ocurrencias de sus papás, hasta que nos vio negociar con el staff de un Santa Claus desvencijado y subir las escaleras hacia la estructura metálica, construida como un carruaje para nieve, al fondo en el ciclorama habían paisajes blancos cursis y fríos con los pájaros de Bambi en las ramas y alrededor Buzz Lightyear, Woody,  Rex el tiranosaurio,  Slinky el perro con resorte, la Señora Cara de Papa, Jessie la vaquerita y Lotso el oso amargado.  

Hizo el berrinche de su vida, peleó y repeló, exudó lágrimas, fue inútil, la toma fotográfica llegaba como el amanecer para un vampiro, el suplicio duró tres minutos, a mi me dijeron “quítese los lentes señor para que no se refleje el flash”.

Y llegamos al infinito y más allá, al bajar nos entregaron la imagen impresa con un calendario del año del fin del mundo, mi hijo no la ha querido ver, ojalá esta experiencia no sea exorcizada por terapeutas pelafustanes, que ven traumas por doquier, y se quede tal cual en el plano anecdótico.

Por cierto, todos salimos muy bien en la fotografía con Santa Claus.

Gabriel Otero


10 de diciembre de 2011

DE ROQUE EN ROQUE (Tercera Parte)

PALABRA DE CÍCLOPE



La que es puta, vuelve
El 17 de marzo como buenos irlandeses adoptivos celebrábamos puntuales la fiesta de San Patricio. Justificación perfecta para beber ingentes cantidades de whisky y regalar shamrocks a las deseadas. El Juanito caminante, no surgió ni en Belfast ni en Dublín, pero en sus andanzas escocesas llegaba de invitado de honor a trasnochar en algún bulín de la Ciudad de México.
Éramos cuatro estudiantes de letras admiradores de Oliverio Girondo, Roberto Juarroz, James Joyce, Dylan Thomas, Arthur Rimbaud y el siempre recurrente Roque Dalton. El olor a solemnidad nos producía roña y amábamos la experimentación del rock progresivo.
Nuestro anfitrión era un flemático londinense nacido por albures geográficos en Puebla de los Ángeles. Como fuera, todo él era extremadamente british.
Su departamento, que rascaba al cielo, carecía de muebles: una mesa, cuatro sillas, un tocadiscos, dos bocinas y una hilera de dos mil viniles ordenada alfabéticamente, eran los únicos objetos en una superficie alfombrada de 50 metros cuadrados, aparte estaban dos recamaras, un tendedero, la cocina y la terraza.
En la pared principal, nuestro anfitrión, había dispuesto un mural en el que yacían testimonios de borracheras pretéritas, mensajes inspirados en crepúsculos, noches y albas de elocuencia inesperada, versos individuales y colectivos, ensayos ideográficos de la palabra, declaraciones de principios y uno que otro secretito de amor expuesto al escrutinio poético.
Nosotros éramos los beodos de cabecera, los poetas en ciernes, los originales, los que creíamos que la carrera de letras era sólo una guía de lecturas, los que nos suicidaríamos antes de cumplir la tercera década, los integrantes de la corriente de en la masmédula, los que detestábamos a Saussure y a Chomsky, los que cambiaríamos la placidez literaria reinante con la revista La Lezna Deleznable y por lo mismo nos sobraban féminas que se comportaban como groupies.
La rebeldía atrae a las mujeres libres y justas, es una flauta mágica dulcemente tentadora para las inconformes, tuvimos la fortuna de encontrarnos con muchas de ellas y compartir algo superlativo a las convicciones.
Con nuestro anfitrión habíamos sido hermanos de leche en no menos de cuatro ocasiones, yo me burlaba de él porque por alguna caballeresca y extraña predilección acechaba y andaba con las que habían sido mis amantes.
Y en una revelación, en la madrugada siguiente al día de San Patricio, se me ocurrió evocar uno de los refranes populares salvadoreños plasmados por Roque Dalton en sus Historias Prohibidas del Pulgarcito y escribí en el mural: “La que es puta, vuelve”.
La frase causó las carcajadas generales y la seriedad mortuoria de nuestro anfitrión, quién sabe qué hilo sensible jalé de la madeja, su cara de “ya váyanse a la mierda” fue notoria, pero no articuló lenguaje audible ni en inglés ni en español. A pesar de ello, ninguno de nosotros le hizo caso, la fiesta siguió hasta que nos quedamos dormidos uno a uno sobre la alfombra.
Cuatro días después no fui al festejo de la llegada de la primavera, que bueno que no lo hice, la novia de nuestro anfitrión, otrora amante mía, asistió a la borrachera, se sintió aludida con el refrán y escribió silenciosa su continuación: “La que es puta, vuelve….pero no con los cerdos que se revuelcan en la mierda”
Hoy todos somos grandes amigos.
Gabriel Otero

3 de diciembre de 2011

DE ROQUE EN ROQUE (Segunda Parte)

PALABRA DE CÍCLOPE


Los poetas nacen para amar y ser amados

Tenía 25 años y un cuerpo esculpido por la generosidad de la madre naturaleza, intentaba disfrazar su acento salvadoreño con el típico cantadito chilango, su cara le hacía los honores al resto de su anatomía, era una mujer crisol de deseos urgentes y sentimientos intensos.

Vivía en Lindavista, para ser exacto, a siete cuadras de mi casa, no se le podía pedir más a la vida si a la mano se poseían el amor y la lujuria, aunque no en ese riguroso orden.

En teoría, y en la bendita práctica, ella me sedujo con todas las leyes del cuerpo, precisa y diligente, llegó inesperada a robarse mis vestigios personales de lo que llaman adolescencia.

Nos comíamos ansiosos cada vez que se podía y no le gustaba hablar de otra cosa más que de poesía.

Ella me sumergió en los océanos de la obra de Roque Dalton y era una más de su legión de enamoradas porque los poetas nacen para amar y ser amados.

Yo apenas trazaba mis primeros garabatos y de tanto tropezar aprendí que los versos están escritos en las mismas piedras y en todo lo que existe o lo que se inventa.

Con ella experimenté que lo carnal es lo absoluto y que los mañanas no importan si hoy no se viven los instantes. Su lema parecía ser que el tiempo es hoy aunque cueste la vida.

Es exquisito cuando el amor reside entre las piernas y se complementa entre oquedades, pero tiene la desventaja del hastío si brotan los celos y las territorialidades.

Ninguno de los dos estaba para ser propiedad del otro, yo mucho menos que ella, la sola idea del compromiso espantaba a los muertos, los andrógenos son volátiles y los ímpetus se me fueron apagando por los acosos.

Dos escenitas bastaron para asesinar la pasión: en una, obscenamente pública, se presentó en mi colegio en exámenes finales a cuestionarme a gritos el por qué no la había visitado en una semana; y en otra, aterradoramente privada, estuvo a punto de tirarse por la ventana con el pretexto de que yo no la quería más.

Sin embargo, sin reconciliación de por medio, nuestra despedida fue triste, se inscribió en un programa de refugiados en Canadá, y según supe, continúa brindándoles su gloria a los ángeles. Afortunados y tolerantes sean.

Gabriel Otero


21 de noviembre de 2011

DE ROQUE EN ROQUE (Primera parte)

PALABRA DE CÍCLOPE



México D.F, 1983

Por maniático llegué temprano, el Teatro de la Ciudad en minutos se atiborró como si fuera la penúltima vez que alguien quisiera escuchar poesía, el leitmotiv era el homenaje a Roque Dalton a ocho años de su muerte, la fecha, principios de mayo de 1983.

A mis pasados 17 años había leído poco de él, casi nada, pero sus versos calaban muy hondo: el Poema de Amor era el bálsamo de los exiliados, el memento de una patria ingrata víctima de la amnesia, ese pedazo de tierra por el que todos peleaban, “si Nicaragua venció El Salvador vencerá” clamaban seguras las consignas sin reparar en la debilidad de sus silogismos.

Roque era el poeta de la resistencia, el asesinado incómodo, el muerto gritador de verdades desde su anónima sepultura, los motivos del crimen no se sabían: protagonismos ideológicos, intolerancias, envidias, insidias, alteraciones de la disciplina clandestina, vicios pequeño burgueses atentatorios contra la moral revolucionaria o simplemente pensar y sentir diferente. Algunos dirían que los enanos jamás le han perdonado su altura al gigante.

A tres años del inicio formal de la guerra civil, nadie quería hablar del hecho por aquello de las alianzas entre las organizaciones populares y menos resquebrajar desde dentro al monolito de cristal de la revolución en marcha.

Estaban todos juntos, cantaban “derrotando al tirano enemigo” (1) y ondeaban banderas rojas, muchas de ellas, colmaban los palcos y los pasillos, yo los observaba desde mi lugar a cuatro filas del proscenio, estaban tan enardecidos que de haber sabido que el Gral. Carlos Humberto Romero vivía cerca del Parque de los Venados lo hubieran buscado para incendiarle la casa con su consecuente linchamiento personal y exclusivo.

Yo los escrutaba, un tanto aburrido, cuando a mi derecha atisbé un par de piernas largas, perfectas, morenas, las vi engulléndolas de los muslos a las pantorrillas, al percatarse de mi fisgonería su dueña sonrió, apenado miré hacia otra parte.

Descubierto en flagrancia voyeurista, ella empezó a platicar conmigo, resultó que era usuluteca, se llamaba Gloria de los Ángeles. Y yo que creía que las sucursales del cielo quedaban en Bucarest y Buenos Aires, iluso de mí, ella estaba sentada a mi lado feliz de los gritos de las masas.

Ofelia Medina, la actriz protagonista de “Rina”, la jorobada enamorada, empezó la lectura de poemas de Roque alternándose con Enrique Rocha, además de la relatoría de anécdotas de Eraclio Zepeda en las que contaba cómo se había fugado de la cárcel el susodicho poeta, era un ir y venir de versos interrumpidos por aplausos y más consignas, era un festín en honor a la palabra y memoria de Dalton.

Leyeron buena parte de los Poemas Clandestinos e Historias prohibidas del pulgarcito y para cerrar “el guanacos hijos de la gran puta, eternos indocumentados, los hacelotodo, los vendelotodo, los comelotodo, mis compatriotas, mis hermanos” (2).

Fue la conmoción y el delirio, algunos lloraron como si las lágrimas los acercaran a un país que los destierra desde que nacen, otros endurecieron el rostro y levantaron el puño izquierdo, cada quien lo interpretaba a su manera.

Las luces se encendieron, Gloria de los Ángeles me tomó de la mano y me dijo que la acompañara a su casa.

______________

(1): Marcha del Ejército Popular de Liberación de Yolocamba I Ta

(2): Fragmento del Poema de amor de Roque Dalton

Gabriel Otero

17 de octubre de 2011

¿CUÁNTO DURARÁ EL AMOR?

PALABRA DE CÍCLOPE




Los amantes


El amor ostenta su condición de saciedad: nada falta y nada sobra, todo embona excelso, el cielo está ahí, los girasoles persiguen imbatibles a la luz, las abejas polinizan a las flores, el frío ya no es frío, la piel de ella está refundida en nuestra piel.

¿Cuánto tiempo durarán el ardor y la placidez? Nos importa un comino siempre y cuando no terminen hoy ni mañana, de sensaciones deleitables se nutren el alma y el cuerpo, de desasosiegos el cerebro y el vacío del estómago.

El amor supera al conjunto de soledades y todo lo sentimental, diálogo pluscuamperfecto, presente y futuro entre ella y él, comunidad intensa de desnudez, seguros estamos cubriéndonos la cabeza y el pecho, felices avanzamos para explorarnos.

Tantas maldiciones se escuchan en cualquier parte que somos únicos, ciertamente “tu tiempo se metió en mi tiempo” (1) y ya no distingo quién es qué o cuál es quién, me volviste a la vida sin morir para husmear y lamer tu sexo.

Y siento tu mirada que interroga mis delirios y quiero pensar que naciste para mí, complemento estelar ajeno a las mezquindades terrestres, estamos más allá de la insidia reptante.

Pero hay que estar conscientes que todo puede acabar, la rutina abruma la originalidad, la algazara y los reclamos mutuos hieren la confianza y al final la matan, no intentes asfixiar mi libertad porque esta es inasible como la respiración.

Sé tú sin maquillajes y antifaces, quiero ver siempre el brillo de tu rostro y escuchar tus jadeos a la hora de la carne mientras las endorfinas nos bañan de inmortalidad.

Hablemos e imaginemos que esto no tiene fin hasta que se nos marchiten los huesos, hasta que seamos idea de lo que fuimos, hasta que lleguemos al cielo o al infierno.

Eso es nuestro amor.


El amor según los diputados

A algunos, nos enseñaron que había que casarnos sólo una vez y que el amor esencial no se encuentra en cada esquina; a otros, les dijeron que los contratos son ataduras puras y que el amor no necesita amarras; y al resto, les comentaron que su pareja es como una cruz y que estoicos deben cargarla hasta llegar a reinos prometidos.

En demasía se ha opinado y escrito que el matrimonio es consagración o tormento y que la unión libre y soberana es la panacea de la soledad. Lo real es que a cada quien le corresponde su cada cual, unos encuentran su complemento repartido en varias y a las otras les sucede igual.

730 días, ni un segundo menos, durará el matrimonio según la iniciativa de ley que presentarán dos diputados ocurrentes en la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Borrándose así de plumazo la posibilidad de divorcio en el caso de que los cónyuges practiquen el amor serrano y se agote la miel antes de dos años.

Porque todo puede suceder después de firmar el contrato matrimonial y más si se adereza con acuerdos prenupciales de los bienes, la custodia establecida por escrito de los futuros hijos y el análisis hermenéutico al derecho y al revés de la epístola de Melchor Ocampo, cuya lectura es parte del ritual de la boda civil en México.

La iniciativa de ley atenta contra la libertad individual de separarse en el menor tiempo posible, además de estrujar con corpiños obligados los amores, en otras palabras, hoy te casas y no importa que sea en martes.

Su argumento sustantivo son los costos: un divorcio cuesta un promedio de 48 mil pesos de los cuales 21 mil pesos son sufragados por las parejas y el resto por el gobierno de la ciudad.

En 2010 en la Ciudad de México se casaron 33 mil parejas de las cuales 16 mil se divorciaron lo que significó una erogación compartida de 768 millones de pesos, cifra que es una bicoca si se compara con los sueldos, dietas, seguros, ayudas para despensa, gastos de representación, estipendios de comisiones y emolumentos partidistas de los 66 diputados.

Hoy nos queda claro que la democracia cuesta igual o más que el amor y mantener los reductos del pensamiento y brillantez legislativa también.


Diálogo

De mi todo lo que has descubierto, de ti todo lo que dices y tu trato, nos enlazan afectos profundos, dos cuerpos flotando para sí, hemos visto una luz en el otro, la voz que nos dice “ven” y a la que obedientes seguimos.

No somos comunes, no formamos parte de las decenas de miles de divorcios al año en México, digo, esos baches hay que sortearlos a diario, llevamos casi dos décadas de conocernos, el renovar la confianza y reinventarse, el evitar chantajes y manipulaciones.

Yo te quiero libre, determinada, si quieres puedes regresar a mí a cobijarte en estos brazos llenos de hoyos, a recibir el aliento de la tierra que palpita, a contemplar al cielo raso que nos espera.

Nos casamos bajo las leyes del hombre y los preceptos de la secta de la oblea, curiosa manera de llamarle así a la hostia, ese ente perniciosamente divino que dicen purifica: ¿será que el pecado nos hará mejores?, como si necesitáramos ir al templo todos los domingos, la iglesia es la mejor fábrica de ateos, ahí sacrifican al cordero en pensamiento, palabra, obra y, la sempiterna, omisión.

¿En quién creer? En nosotros, en la libertad incondicional que nos hace volver el uno para el otro con mayor convicción que ayer o que hace un momento.

Cualquier dogma es insulto a la inteligencia, el amor ideal no existe ni tampoco la sobrevalorada fidelidad, el sexo electivo es placentero y el reproductivo obligación. Nos han querido imponer falacias que se deshacen al contacto.

Anduve hurgando la etimología de “matrimonio”, la palabra es herencia del Derecho Romano que consideraba la sumisión de la Mater al Pater para que sus hijos tuvieran legitimidad, el concepto es lapidario, una loza demasiado pesada e injusta para ti y tus congéneres.

Tú no eres mía ni yo soy tuyo, el contrato que firmamos nunca habló de adquisiciones, ¿para qué limitarte y amarrar tus sueños?, ¿quién soy yo para determinar lo que hagas o lo que dejes hacer?, mejor acompañémonos en el camino con la certidumbre de que algo habrá detrás de los cerros.

Y nada ni nadie puede allanar este diálogo íntimo, asunto de dos, lucha diaria entre dos seres que se comen y se poseen olvidándose de la gente que los mira.


La luna y los amantes

Hoy la luna está más cerca de la tierra y la marea azota con furia los deseos, los amantes se devoran más que antes, esta es una noche donde navegan las intensidades.

Hoy la luna brilla diferente, la vemos blanca pero es gris y a veces amarilla o naranja, son los artilugios de la óptica, la luz del sol embrocándola como espejo.

Esta luna es insoportablemente intimista, luna susurrante, luna invocadora, luna cómplice, luna sólo para ser ella misma.

Esta luna no tiene memoria pero es fisgona, se asoma por la ventana para ver la desnudez de tus piernas y, acaso, robarte descarada tus rubores.

Esta luna necesita calor para abrigar su lado oscuro, se parece al amor que siempre tiene algo oculto: la locura catapulta, la locura ilusión, la locura sombra, la locura lugar común que todo lo cura.

Esta luna es clara faz de lo que no miente, te vi a los ojos y supe descifrarme en tu dulzura, llegaste a ser verso y a calmarme los arrojos.

Esta luna viene callada y se va ruidosa, llena de lunares y aliteraciones, onomatopeyas de roces rojos y orgasmos inundados, luna es una hasta que llegue el alba.

Y, junto al sol, la luna estará lista para no ser vista pero los amantes ansiosos pecarán de exhibicionistas y no sabrán de crepúsculos y oscuridades.

Y, durante el día, la luna se henchirá de cielos azules y nubes, se disfrazará serena en este lado del mundo para inquietar y alumbrar a otros mares y cuerpos lejanos.

Hoy la luna está más cerca de la tierra y los amores, luna cursi, luna miel, luna hiel, luna sola, luna resistiendo al universo que se expande, luna, simplemente luna.

(1): “Que ya vivi que te vas” de Silvio Rodríguez.


Gabriel Otero

28 de septiembre de 2011

UNA MUDANZA

PALABRA DE CÍCLOPE


Una mudanza genera percepción de novedad, horizonte, revolución, pasos adelante, atisbo, abandono de piel, transformación, camino y descubrimiento de lo ignoto.

Una mudanza puede ser voluntaria o no, en el primer caso significa menaje en el último es sinónimo de exilio y uno se lleva lo poco que encuentra o lo que se pueda, todo depende de la urgencia.

Una mudanza provoca inconmensurable flojera, empacar lo acumulado con los años, cajas, cajas y más cajas, cómo se junta lo que ya no se utiliza y lo que tiene valor simbólico se guarda en el cajón.

Una mudanza es rutinaria comienza por lo mismo, posee un ritual cuasi litúrgico: búsqueda, depuración, embalaje, traslado, desempaque, ordenamiento y costumbre.

Una mudanza es pesada, siempre lo es, aunque uno no cargue nada y lo hagan otros. De país me he mudado tres veces, de ciudad otras cuatro, de casa ocho más y a cada lugar hay que encontrarle su inevitable idiosincrasia.

Una mudanza es la revelación de verdades de la nueva morada: las manijas que se atoran, las llaves que hay que darles vueltas de tal o cual forma, la luz entrando por el norte o el oriente, los ladridos y maullidos del vecindario, el frío y el calor.

Una mudanza también es vitrina, todos se enteran de lo que uno tiene: los que lo llevan, los antiguos vecinos y los nuevos contiguos potencialmente fisgones.

Una mudanza es más que una mudanza, es cambio y gasto, si la casa es pequeña habrá que comprar armarios, baúles, jugueteros, burós o repisas para intentar hacer invisibles las cosas sobrantes; si la casa es grande habrá que adquirir muebles, muchos de ellos, o de plano volverse zen.

Una mudanza implica explorar los recovecos del nuevo barrio, los cines, las taquerías, los bares, las tiendas, los sitios de taxis, las paradas de autobús, los parques y las veredas para pasear al perro.

Una mudanza afecta a las mascotas, que según dicen se parecen al ego de sus dueños, de tal forma que en los andares matutinos y nocturnos de amo y canido se debe evitar hallarse con bípedos acompañados de canes miniatura como chihuahueños, schnauzers y french poodles, fastidios vivos que ladran hasta llegar a la afonía y huyen a la menor provocación.

Una mudanza es el recordatorio que es mejor evitar la mudanza y obtener una casa propia donde envejecer y salir todas las tardes de ocio y retiro al jardín a sólo esperar la llegada del crepúsculo.

Gabriel Otero

19 de septiembre de 2011

GENEALOGÍA

PALABRA DE CÍCLOPE


Identidad

Mi nombre es Gabriel Otero, nací en San Salvador, El Salvador, el 19 de septiembre de 1965, soy el menor de seis hermanos: Nora, Diana, Julieta, Julián y Mario, nótese que desconfío en lo políticamente correcto de escribir “hermanas y hermanos”, el lenguaje es como las orillas del río cuando sólo se dice y no se siente, en otras palabras, como afirman en mi tierra, las palabras se viven y no cuentan cuando caen de bruces de los dientes hacia afuera, entiéndase hacia adelante.

Soy hijo de Julián Otero y Luz Espinoza, conocida en la alcaldía de Sensuntepeque, Departamento de Cabañas, por Lucinda Pocasangre o Lucy de Otero, ¿o al revés? que rollo esto de la legitimidad de los hijos, ahora resulta que porque mi madre nació fuera del matrimonio, aunque haya sido reconocida por el jinete alado y de lado de mi abuelo, no soy ni me apellido como siempre me he apellidado porque no es conveniente para las próximas elecciones y hay que recaudar impuestos de la nada en juicios de identidad vacuos para contribuir a la preservación del partido en el poder cuando menos dos décadas más. Cambiemos la historia, comencemos por nuestros nombres, mientras tanto que nos maten en las esquinas.

Me enorgullezco de mi linaje: soy lo que llevo puesto, un cúmulo de experiencias maduras para caerse del árbol, creo en el amor que traspasa dimensiones y en la energía, o la idea de esta, llámese alma, luz, arje, esencia o hálito.

El mejor legado de mis padres fue la educación, no hablo de la tradicional, que gracias a ellos tengo, sino a ese cultivo de la razón y la sensibilidad que nos hace distinguir lo bueno y lo pútrido del humano.

Es difícil desnudar cuatro décadas y media en unos cuantos párrafos, es un intento arriesgado el sopesar las vivencias, ponerlas en la balanza y priorizarlas: desde su carácter íngrimo todas son importantes.

Mi primera influencia fue Bugs Bunny, también mi primera frustración, por más que escudriñé nunca encontré su madriguera en la Alameda Roosevelt, la busqué desde la 25 Avenida Sur hasta el Boulevard de Los Héroes, la abuela Ángela me dijo que estaba un poco más arriba a la orilla de alguna palmera en el Salvador del Mundo.

Mis vicios los adquirí a la mayoría de edad, el cigarro es el peor de todos. Los hábitos, en cambio, se me fueron forjando desde que tengo uso de razón, uno de ellos es la lectura, aunque debo confesar que ya no leo con la misma avidez de antaño.

De niño leía todo lo que se me atravesara: la sección amarilla, las enciclopedias, los diccionarios, los periódicos y las revistillas con dibujos, tenía colecciones de “paquines” (pasquines les llaman en México) y mis primeros encuentros con la literatura fueron las novelas de Verne y Dickens y los poemas de Ernesto Cardenal.

Comprobé que la luna no era de queso al leer de La Tierra a la Luna, me creí el Capitán Nemo en La Isla Misteriosa, me pensé huérfano como Oliver Twist y personifiqué a Baal postrado ante la imagen difusa de Dios como el ángel caído.

Que poderosa es la literatura, una buena narración es capaz de transformar al mundo y un excelente poema nos remite a lo que somos: esa masa de carne y hueso con alma y ganas de trascender los recuerdos.

Pero yo, en el fondo, era un melómano rampante, mis gustos musicales se fundieron entre lo clásico y la rebeldía: Bach, Black Sabbath y Ten Years After o Tchaikovsky, Pink Floyd y el diablo con vestido azul, aún recuerdo las sesiones didácticas con mi padre cuando me contaba sobre la resistencia del pueblo ruso, tenacidad de toda la vida e inviernos conocidos derrotando a Napoleón en la Obertura de 1812.

Mi otro mentor en estos menesteres sónicos era mi hermano mayor, el loco querido, yo lo miraba extasiado contemplando el lado oscuro de la luna mientras retumbaba en las bocinas música extraña, letras que no entendía, pero que hablaban de insanias, amores, desencantos y suicidios.

Como travesuras estelares me encantaba jugar con las agujas de diamante del tocadisco que sustraía con precisión quirúrgica, fechoría que mis padres atribuían a mi otro hermano, el de en medio, hasta que fui descubierto en plena flagrancia; y, además, me fascinaba abrirle la puerta a la jaula de canarios y pericos australianos para verlos volar en desbandada.

Descubrí mi vocación sibarita cuando probé el mole, ese sincretismo de sabores explotando en las papilas, ahí supe que la comida es algo más que una necesidad, es la delicia de estar vivo.

Padecí de todas las enfermedades conocidas, según cuenta la familia estuve a punto de morir a causa de meningitis, el cura Gonzalo llegó a darme la bendición y los santos óleos cuando yo estaba sumergido en una inconciencia profunda, y nadie se explica las razones por las que desperté. Durante años la familia creyó que el suceso había tenido secuelas: las temperaturas elevadas me ocasionaban delirios y pesadillas para las que el Dr. Robert me recetó copiosas dosis de Valium.

Siempre fui muy distraído, andaba absorto pensando en cosas que realmente me interesaban, aún hoy, hay amigos que pueden pasar a mi lado y yo rara vez me percato.

Contar hormigas

Cuando se tiene corta la edad y el tiempo de sobra, uno se puede dar el lujo de contar lo que sea: los coches rojos que pasan en la calle, las hormigas cafés y negras dirigiéndose a su laberinto y los días que faltan para llegar a la navidad.

De adulto, cuando se acortan los años, se hace el recuento de las cosas que falta por hacer o las que nunca se hicieron, aunque suene a filosofía barata, a mayor experiencia menor es el tiempo de vida.

En diversas etapas quise ser ingeniero agrónomo, futbolista profesional y piloto. El amor al campo me brotó entre ceja y oreja cuando acompañaba a mi padre a las granjas avícolas de su empresa en Sonsonate y Santa Ana.

Los sábados, él y yo, salíamos de la casa muy temprano a desayunar en Lourdes: frijoles negros, queso, crema fresca, plátanos fritos y pan de pueblo, manjares que nos sustentaban hasta el almuerzo en el que nos servían bistec con carne de becerro nonato y papas que comíamos en algún lugarcillo de la carretera.

En Lourdes estaba la incubadora, enorme galera con separaciones y aparatos de la invención del holandés Cornelius Drebbel, donde se aceleraba industrialmente el proceso de nacimiento de pollas ponedoras que se distribuían en toda Centro América y el sur de México.

En Santa Ana estaba Singuil, la granja legendaria plagada de árboles de morro, lodazales y piedras de río, ahí mi padre sufrió su primer infarto, uno de tantos. Cuentan los trabajadores que cuando Don Julián sintió los punzones del corazón y ese dolor intenso en el pecho, tomó una gran piedra redonda y se golpeó con todas sus fuerzas: se salvó la vida de milagro sin doctores de por medio.

Mi padre afirmaba que vivíamos del culo de la gallina, tenía razón, el gremio avícola no se preocupaba por esas nimiedades ontológicas de preguntarse si surgió primero el huevo o la gallina, discusiones tan en boga en la vigente Asamblea Legislativa, sino que sólo se dedicaba a la nobilísima labor de crear fuentes de trabajo y alimentar a la población.

Las empresas de antes, tenían esos matices aldeanos que fomentaban sentidos de pertenencia y cariño a lo que se hacía, todo lo contrario a la despersonalización que conllevan los códigos de barras y a la desvalorización de los trabajadores actuales. En otras palabras, ayer teníamos nombres y hoy somos números.

En esos años, recién se estrenaba la carretera a Santa Ana y a mi padre lo seducía la velocidad y le metía a fondo al acelerador, aquello era mejor que las carreras en Los Planes o en Merliot antes de que se construyera el autódromo del Jabalí.

Y ahí lo vimos llegando a su nido entre los peñascos: un torogoz adulto volando a baja altura.

El vuelo del torogoz

Desconocía que el nombrado “compadre guardabarranco hermano de viento, de canto y de luz” (1) o torogoz es un pájaro común en algunas regiones de Centro América, lo que sí es raro es que hasta 1999 se le haya ascendido a su carácter representativo y nacional de El Salvador.

Pero nadie le quitó lo maravilloso a dicha visión, el ave iba lenta, dueña de si en la proclama de cantar su soledad y reinar en aquellos calores abrasadores.

El campo es esa experiencia gratificante que poco a poco se ha ido olvidando por el crecimiento de las ciudades y la omisión inapelable de todo lo que huela y sepa a tierra, afortunadamente salir a carretera sigue significando “viaje”, movimiento hacia otros lugares, aventuras a lo ignoto y el regreso cierto hacia donde uno viene.

El Salvador tenía ese sabor rural ruborizado por su pequeñez, el país se recorría en cinco o seis horas de occidente a oriente, de San Salvador se llegaba al puerto de La Libertad en treinta minutos y a la frontera con Honduras y Guatemala en dos horas.

Pero yo, y muchos como yo, vivíamos en una ostra confortable e ignorábamos las condiciones injustas y la represión feroz que padecía gran parte de la población, según se manejaba en los medios de comunicación todo lo que sonaba a oposición al régimen era comunista porque “UNO y comunismo son lo mismo”.

La abuela Ángela contaba historias de cómo el Gral. Hernández Martínez había huido del país disfrazado de mujer en la huelga de brazos caídos y del exterminio de indígenas en Izalco y los que quedaron vivos se escondían de sus coterráneos ladinos, mestizos negando su ascendencia morena, como pasa en gran parte de nuestras tierras en el que decirle “indio” a cualquiera es un insulto racista.

Actualmente a todo el que se atreva a criticar al gobierno se le etiqueta de derechista y, además, se rescataron expresiones del discurso de hace treinta o cuarenta años como oligarquía, burguesía e imperialismo y se mantienen constantes la vileza, la abyección y la impunidad del sistema.

El Salvador de mis recuerdos se ha transformado no sé si para bien o para mal, es una lástima que en un territorio que cabe en la cuenca de un ojo se desborden los odios y se asesine a la esperanza día con día.

El Águila del Pelé Zapata

¿Qué niño salvadoreño no ha querido ser futbolista profesional?, en otros países, dependiendo de la región, se fomentan deportes como el beisbol, el hockey, el fútbol americano, la natación o el rugby.

Vago como era yo, la pasión pambolera se me contagió con los vecinos de la cuadra, mis tres amigos que compartían la C: Juan Carlos, Carlos Alberto y Carlos Romeo.

Con ellos formamos un equipo de fútbol superando las complicidades y los nexos sanguíneos, la hermandad predomina de sólo pensarla, hemos entendido que en este prolongado capítulo de mi ausencia la amistad será retomada entre conversaciones nocturnas y los calores de un whisky de 24 años.

Ningún infante del ayer puede jactarse de haber vivido si jamás jugó gol sacagol en la calle toreando coches o en los llanos llenos de piedras y polvo, nada parecía imposible al ver la habilidad y los goles de Luis Baltazar Ramírez “El Pelé” Zapata, en aquellas finales de Águila contra Alianza y Once Lobos o contra Canadá en la hexagonal de México 77.

El lapso entre los mundiales de México 70 y España 82 fue la época pujante del fútbol nacional hasta que los húngaros nos sepultaron los sueños y el orgullo con diez palazos exactos, marcador execrable que se conserva en los anales de las peores goleadas del certamen.

Para mí, sigue siendo ininteligible casi como intentar explicar la mecánica cuántica, esa visión optimista de celebrar el único gol que marcó la selección de El Salvador en un mundial porque hay maneras de perder y a nuestros seleccionados se les olvidó la dignidad en el vestidor, por lo menos en ese juego, de ingrata recordación.

Siempre detesté al Fas y al Alianza, con todo y el “Avión” Casadei y la “Bella” Barrera, por sobrados, provocadores y pretenciosos, era más lo que hablaban que lo que jugaban, una vez los vi agarrarse a patadas en el pasto del Cuscatlán cuando las jornadas futboleras eran triples; el Marte era el equipo patrocinado por los milicos; y el Platense, un conjunto fugaz de la inolvidable Zacatecoluca que ganó todo en un año y desapareció tal como llegó.

Pero el Águila de San Miguel era un cuadro de abolengo, el más respetado y temido, era un placer verlo jugar y destrozar a sus rivales y dejarlos en jirones, lo que alcanzara en noventa minutos, no exagero al aseverar que el Águila del Pelé Zapata ha sido una de las mejores alineaciones en la historia del fútbol salvadoreño.

Hoy, a nivel de equipos se trasluce una total y absoluta involución ya sea por afectaciones de la guerra o por la tacañería de los dueños de clubes, no faltan las voces innovadoras que dicen que mejor nos dediquemos a jugar criquet o a la matatena.

Los únicos que han sacado la casta nacional, con todo y limitaciones económicas, es la selección de fútbol de playa que han demostrado que se puede hacer mucho con nada.

Lo cierto es que los ayeres futbolísticos se fueron para nunca más volver.

(1) “El cenzontle pregunta por Arlen” de Carlos Mejía Godoy

Gabriel Otero