28 de octubre de 2012

LOS TALLERES EN LA LITERATURA SALVADOREÑA


PALABRA DE CÍCLOPE
 


 Lauri García Dueñas, Ana Escoto, Rolando Reyes, Gabriel Otero y Otoniel Guevara durante la mesa redonda de literatura salvadoreña en el Museo del Estanquillo Colecciones Carlos Monsiváis en el marco de la Décimo Segunda Feria Internacional del Libro en el Zócalo 2012

Haber sido editor de suplementos, libros y revistas buena parte de mi vida tuvo sus ventajas: conocer de la mano de sus autores, lo que producían y en muchos casos, por las fortalezas o azares de la amistad, los alientos anímicos o cataclismos coyunturales que los impulsaban a escribir.

El aspecto que siempre me pareció llamativo de la literatura salvadoreña es la propensión de sus autores a concentrarse en círculos creativos, que, en mi opinión se conjuntaban obedeciendo a dos razones subyacentes: una por afinidades ideológicas, como sucedió en la mayoría de los talleres literarios de la década de los ochenta; o bien, el fomento al culto de la personalidad del organizador del taller, como ha pasado en épocas recientes.

Agruparse resulta hasta cierto punto contradictorio sabiendo de antemano que la literatura la escriben individuos y no colectivos, sin embargo, hay apologistas a ultranza de los talleres que argumentan que de forma paulatina han ido mejorando su estilo al escuchar las opiniones sobre sus textos de los otros integrantes de la cofradía.

Yo, asumo íntegramente mis evoluciones o involuciones, acaso taras, estilísticas de los últimos treinta años, antes no porque aún no me convertía al exhibicionismo, el último taller al que asistí con fervor casi religioso fue en 2011, cuando algunas de mis columnas literario-periodísticas fueron diseccionadas con escalpelo, precisión que les agradezco públicamente al tallerista, un experto periodista cultural, y a mis compañeros de entonces.

En términos positivistas: mis motivaciones esenciales para asistir a ese taller eran medir la fuerza estilística de mis experimentaciones con el artículo, un género en el que cabe el ensayo, la poesía, el cuento, la crónica y la nota periodística; y leer los rostros de sorpresa, fastidio o desagrado de mis colegas. Pero uno, bien o mal, ya está formado por la experiencia o deformado por su ego y se debe admitir, quiérase o no, que de forma invariable habrá alguien más talentoso.

Pero para un joven los talleres pueden ser un arma de doble filo: trampolín al despegue individual o bien un lastre demasiado pesado que lo hunda en los estilos imitativos perennes y a la larga una condena a la mediocridad.

Sin embargo, dentro de sus funciones efectivas están el de promover el conocimiento de la preceptiva literaria, el sembrar el gusto por la lectura y orientar, sobre todo eso, para descubrir la expresión propia de la mejor manera.

Imitar para reinventarse, entender que en los momentos de creación todo bagaje es útil y asumir de una vez por todas que el compromiso de un escritor es escribir cada vez mejor, aunque exista la postura social de apoyar las causas justas.  

Los panfletos no son literatura sólo representan los razonamientos inductivos de mentes perversas o las débiles letanías que se apagan aplastadas bajo las rodillas de ciegos creyentes.

La polémica de la responsabilidad del escritor y la utilidad de la literatura es tan vieja como el Valle de las Hamacas o el Valle del Anáhuac y seguirá discutiéndose mientras el sol nazca al alba y se oculte en el crepúsculo.

Habría que preguntarse qué versos quedan de los dogmáticos escritores que formaban algunos talleres de hace dos décadas, esos que exigían ser publicados con todo y errores ortográficos y si el pregonado hombre nuevo, al que le dedicaban loas y panegíricos, hoy es diputado plurinominal o alcalde de algún municipio desconocido en la montaña.

Nada de eso es importante mientras hoy existan buenos talleres literarios.

Gabriel Otero

2 comentarios:

Mauricio Vallejo Márquez dijo...

Un interesante aporte, Gabriel. Se le agradece.

Anónimo dijo...

Justas y razonadas palabras. Quizá el título del artículo le es infiel al contenido.

J.Alas