17 de agosto de 2013

LA BELLA DURMIENTE





Ineptitud aniquila perseverancia, hay cosas para las que uno, en definitiva, no nace. Por más que se intenten vencer las inhabilidades, éstas se erguirán victoriosas recordándonos que es mejor darles la espalda para no caer en abismos de frustración.

De niños nos siembran la idea que los imposibles son montañas escalables, vaya, cualquiera puede ser astronauta, piloto, actor, futbolista, cantante o presidente. Aunque esta última profesión ha sido  devaluada por el cretinismo progresivo en la que es suficiente dibujar bellezas con la lengua o convencer de que el paraíso está en cada esquina.

Vorágine de reflexiones y sentires, hace 43 años a mis maestras de kínder se les ocurrió acercar a sus alumnos al fenómeno artístico y hacerlos partícipes de una obra de teatro: la versión libre y tropical de “La Bella Durmiente”.

Los actores éramos infantes, que hacía muy poco habíamos dejado de babear, a los que obligarían a aprenderse las líneas más significativas de la dramaturgia.

Yo no sé si fue el azar o un presagio funesto que me escogieran como el príncipe, el que despertaría a la princesa y al reino de su maleficio por lo que me exigirían asimilar experiencias ridículas y no aptas para un niño de esa edad como darle un beso a la princesa o vestir pantalones cortos bombachos, mallas blancas y camisa manga larga de colores rimbombantes.

Mi linda madre entusiasmada por el protagonismo precoz de su hijo se esmeró por caracterizar el papel de príncipe y mandó a confeccionar vestuarios especiales para la ocasión que me parecieron espantosos.

Imposibilitado para negociar mi inevitable rol estelar, de nada sirvieron llantos y berrinches, mi suerte estaba echada para que la obra se estrenara un sábado a las dos de la tarde en medio del veraniego calor canicular de San Salvador.

Y entre hadas, reyes, reinas y el “aaay que lindos” de mamás y papás y la ternura ocasionada por nuestro miedo llegó el momento de despertar con un beso a la blonda y exquisita princesa.

Casi me orino del susto, besar a una niña teniendo cuatro años es una experiencia extrema y lo es más vistiendo unas mallas grotescas.

Comencé muy mal mi carrera actoral.

Gabriel Otero




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