16 de febrero de 2010

CUPIDO EL PERVERSO

PALABRA DE CÍCLOPE


Venus y Cupido


Para Gris, siempre
Angelito arquero, producto del erotismo y la querella, hijo de Venus y Marte, engendro del rosa amor y la negra conquista, los griegos te llamaban Eros y los romanos Cupido.

Naciste con los ojos vendados para despedazar voluntades y ser venerado, porque no hay nada más grande que el amor y la tragedia, aunque tú eres heraldo de lo cursi.

Tan chiquito y tan perverso, enano flechador de ánimos, tu genealogía es extraña como la raza humana, cuando nuestras almas se pierden y se funden, tu esencia es la de aferrarte a ser celestino, seguramente creerás en tu inocencia y escogerás en braille los amores.

Yo la quiero y ella me quiere pero eso no significa que te invoquemos el 14 de febrero, si acaso deliberadamente, vil pretexto para obsequios costosos, seguimos navegando en la libre empresa cuales pendencieros viciosos tras la ganancia, el devorarnos día a día para reencarnar en la reciprocidad de cuerpos, ella en mí y yo en ella.

Yo tengo su corazón y ella el mío, ¿en serio, lolito alado, crees que el espíritu resida ahí? las llamas aturden las ideas, la condena eterna es sentirse desnudos al alba, la añoro desde hace milenios cuando la vi embrión y ella sólo me pensó en blanco y negro.

Hoy soy ella y ella es yo, rostros amoldados por la harina, adición de plenitudes, cómplices y amantes que segundo a segundo nos volvemos más pequeños entreviendo el mismo iris.

Tú, Cupido, eres la alegoría de lo inexplicable, representación de la pureza encubierta porque tu candor es un mito, el amor huele a fragancias y también apesta, se idealiza y se sueña, se vive de otra forma.

Con todos sus bemoles, el amor es la fuerza centrípeta que nos lleva al remolino, la respiración pausada de ella que empaña mis defectos, el aliento en el cuello impulsador de motivaciones.

Y cuando la imaginación se agote yo espero acompañarla a otras dimensiones.

Y nada de ello te inventaste, Cupido, el de las saetas doradas, más bien surgiste de la fiebre de la humanidad ávida de símbolos, que hoy racional, no entiende que el amor es más que una sensación química que supera al placer de comer chocolate.

Gabriel Otero

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