24 de julio de 2008

H.P. LOVECRAFT

VITRAL

Locomoción capilar, Remedios Varo

El primer libro de Lovecraft que leí fue la recopilación de Los mitos de Cthulhu, un compendio de relatos de horror publicados en tres tomos por la extinta editorial Bruguera. Esa lectura significó el traspasar el umbral hacia otra dimensión en donde descubrí dioses arcanos amorfos o demonios que reinaron en la tierra millones de años atrás y que construyeron ciudades oníricas y distantes que ahora se esconden en la oscuridad y moran más allá de las estrellas, pero algún día esas deidades primigenias regresarán invocadas por seres malignos y perversos.

Ese primer acercamiento a la obra de Lovecraft fue el aperitivo para iniciar un largo peregrinaje en la búsqueda de su narrativa. Así descubrí El horror de Dunwich, En las montañas de la locura, El color que cayó del cielo, La sombra sobre Innsmouth, El caso de Charles Dexter Ward, En la cripta y Dagón, entre otros.

Gracias a Howard Phillips Lovecraft, nacido en 1890 en Providence, Rhode Island, pude develar de Vermys Misteris o los misterios del gusano, esos andares silenciosos y cadentes de los seres devoradores de las podredumbres de la carne cuando el alma se ha marchado a los confines del vacío o la esperanza.

Según los eruditos, Lovecraft retomó elementos de la mitología sumeria para su cosmogonía personal dándoles matices insospechados y espantosamente verosímiles. Yog Shothot, Ithaca y Nyarlathotep, dioses oscuros y primordiales, son hoy objeto de culto de sectas sórdidas y escurridizas.

Muchos de sus relatos se desarrollan en la región conocida como Nueva Inglaterra que comprende cinco estados del Noreste de Estados Unidos: Massachussets, Connecticut, Rhode Island, Vermont y Maine. Sus locaciones favoritas eran las ciudades de Arkham y Dunwich que corresponden geográficamente a Salem y a Hamden, sitios ricos en tradiciones celtas heredadas de los primeros colonizadores ingleses.

Sus personajes son seres solitarios y cultos que buscan traspasar las fronteras de lo desconocido y cuando lo logran mueren de formas terribles y los que sobreviven son perseguidos por las sombras y padecen de locuras y delirios.
Lovecraft murió en 1940, su obra fue traducida al español treinta años más tarde, fue tal la fuerza de su palabra que Jorge Luis Borges, el célebre escritor argentino, le dedicó un relato póstumo.

Es necesario leer la obra de H.P. Lovecraft sin temer al caos reptante que nos acecha.

Gabriel Otero

Publicado en el periódico Siete Días, 16 de octubre de 2000, Cuernavaca, Morelos.


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