30 de septiembre de 2012

LOS CIELOS DE LA LUNA (Segunda y última parte)


PALABRA DE CÍCLOPE

Fotografía histórica, buena parte de los poetas salvadoreños rindiéndole homenaje a un espacio: La Luna

Del whisky en los crepúsculos

La casa era amplia como las que se construían antes, Oscar Soles jugaba en sus paredes a ser el dios de los colores, los otros socios y adeptos de La Luna explotaban sus talentos: recuerdo a Alvar Castillo detrás de su teclado eléctrico, a Julito en la barra en el rol de confidente de borrachos solitarios, a Gracia Rusconi y Carmen Elena Trigueros colmando de bebidas a los anhelantes, a Quique Rusconi y Jaimito Aquino riéndose porque volaban las moscas,  a Pedro Portillo de exótico curandero de almas y a la siempre omnisciente Beatriz Alcaine pendiente de todo lo que pasaba.

Me convertí en asiduo de La Luna, a cada cliente le hacían sentir la calidez de ser el único porque al entrar y sentarse ahí se corría el riesgo de descubrirse a si mismo.  

A principios de 1992 nos reunimos Beatriz Alcaine, Ricardo Lindo, Horacio Castellanos Moya y yo para discutir lo que nos dio por llamar los “Crepúsculos Literarios”, pretendíamos crear un espacio para la expresión y discusión de la literatura y presentar libros. Estos eventos estarían programados los jueves a las seis de la tarde,  la hora adecuada para beber la malta milagrosa y hablar para lo que nacimos.

Nos fuimos turnando como moderadores y el experimento trascendió lo que nos habíamos reinventado, tanto que nos dio por escribir editoriales en el Tres Mil algunos sábados, de modo que hay textos de Horacio, Ricardo y míos cobijados en la nube institucional del anonimato.

De los “Crepúsculos Literarios” evoco exactos: la aparición pública del libro “Contracorriente” de Jacinta Escudos con el vozarrón de Leonardo Heredia como comentarista y ella leyendo absorta “Hiroito mi amor” y  el agarrón de antología que tuvimos Otoniel Guevara y yo cuando debatimos sobre la llamada Generación de la Guerra, cuestión irrelevante de por si, lo valioso vino minutos después cuando una desconocida me plantó un beso dulce con la que amanecí celebrando la luz del sol en su cama.

Y los caballeros, por supuesto, para nombres y otros temas nunca hemos tenido memoria.

Poli poli policía

Todo hombre es culpable hasta probar su inocencia, así funciona en el Tercer Mundo aunque sea lo contrario, nos apañaron con la vileza de la represión en el coche, nos revisaron los bolsillos buscando sustancias prohibidas y otras yerbas, nos dijeron que les valía un carajo que fuéramos sutanito y perencejo, nos deslumbraron con sendas lámparas las retinas.

Nos bajaron a empujones para celebrar la paz en el país, por suerte sin culatazos, “los vecinos se han quejado de los bolos escandalosos” nos dijeron y casi casi nos subieron a la patrulla de no ser porque salieron todos los que estaban en La Luna.

Nunca he pisado la cárcel.

Gabriel Otero

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