19 de junio de 2008

EL METRO

VITRAL



El metro de la Ciudad de México
Fotografía de René Venturoso


Después de haber perdido más de 400 horas, en un lapso de siete meses, en trasladarme de mi casa a Chapultepec y viceversa y contar y recontar luces de neón y estaciones y medir tiempos y secuencias de trenes y mirar rostros y apretujarse en el anonimato entre decenas de cuerpos, algunos hediondos, y aburrirse como molusco cuando olvido la esencial lectura y dormirse por el tedio y después de todo eso no me acostumbro a utilizar el metro.

¿Pero qué haríamos sin el metro?, es un transporte, rápido, económico, eficiente y en una palabra: esencial. En esa ciudad subterránea lo común son los empujones y codazos, las masas desbocan su agresividad en cosas banales. He presenciado disputas encarnizadas por un asiento, el típico “¿qué le ves a mi reina? guey”, muchas escaramuzas verbales y rara vez los golpes.

En las horas pico sus vagones anaranjados asemejan cámaras de gases, hombres y mujeres se encogen en la asfixia por la prisa de llegar a marcar la tarjeta.


El metro es un lugar donde lo pintoresco es lo cotidiano, un mundo en donde abundan todo tipo de vendedores, la oferta es variadísima: chocolates, dulces, chicles, pastillas para el mal aliento, pilas, pelotas, revistas, cuadernos, desarmadores, flexómetros y estuches de costura hasta libros de leyendas prehispánicas, diccionarios escolares o recetarios de medicina natural.

Ahí también se pueden escuchar todo tipo de expresiones artísticas como el estudiante de teatro ocurrente que grita algún monólogo de Albert Camus; el ciego que canta la melancolía de “Gavilán o paloma”; los tríos de quena, guitarra y flauta que interpretan la nostalgia andina de “El Cóndor pasa” o dúos de guitarras que tocan rolas de la primera época de los Beatles.

Por desgracia tengo que seguir utilizando el metro para recorrer los 25 kilómetros obligados a la chamba, lo positivo es que he podido leer y releer y así me sumerjo en mares de palabras que me abstraen a lugares ignotos adonde lo único subterráneo que hay son los sótanos y las tuberías.

Gabriel Otero

Publicado en el periódico Siete Días, 13 de noviembre de 2000, Cuernavaca, Morelos.

2 comentarios:

Flor dijo...

Me transporto a un lugar que no conozco pero que definitivamente me encantaria conocer...

Gabriel Otero dijo...

Te gustaría mucho, es una ciudad muy vasta y muy grande, nunca se termina de conocerla...México es mi otra patria...
GO