10 de agosto de 2010

POBRECITO PAÍS EL NUESTRO

PALABRA DE CÍCLOPE


Fotografía de Michael Sholten


Vivir en El Salvador es para pensarse no una, dos, sino varias veces, muchas, ahí el tiempo se paraliza y la savia se consume a fuego lento, tanto, que hay que salirse de cuando en vez a bañar en agua fría las ideas y el resuello, ahí todos tienen el riesgo de calcinarse.

No se escoge donde se nace pero sí donde se vive, y así ha llegado una cantidad notable de extranjeros al país que han sembrado y cosechado vidas dignas de ser recordadas, porque algunos muertos dejan obras, grandes o chicas, y otros sólo imágenes en álbumes familiares.

¿Qué les atrajo?, lo que no vemos los que nacimos ahí, lo que confundimos con el aire, el refugio estrepitoso entre volcanes, una parcela mínima para perpetuarse, la inmunidad propia de los extraños a las ponzoñas de la lengua.

Y nosotros creemos que se quedaron porque les cautivó el paisaje, que ciertamente por amor u odio, o ambos, lo distinguimos único y privilegiado, aunque la naturaleza es hostil con quien no esté familiarizado: mosquitos prehistóricos alimentándose de pieles transparentes y sus ronchas como cráteres, lluvias huracanadas efímeras arrasando ramas y ventanas, ardores tropicales cercanos al mismo infierno y letanías de chicharras o cigarras acosando al tímpano en Semana Santa.

Se llega a vivir en El Salvador porque ahí se tienen parientes o se buscan contratos globales o se pregonan causas perdidas ¿quién vendría a un paisito extraviado en el mapa que es mundialmente conocido no por sus personajes, estadistas o riquezas naturales sino por sus matanzas y conflictos?

¿Quién llegaría a un lugar donde el respeto por la vida se dilapidó en el verdor? ¿Qué osado discutiría con interlocutores sordos quienes solo escuchan la voz de sus vísceras y sus intereses? ¿Qué atracción puede causar un lugar donde se le rinde culto a la amenaza?

Pobrecito país el nuestro plagado de políticos iluminados que leen sus siete minutos diarios de La Biblia para sentirse pletóricos de valores divinos, y que nosotros la sarta de oligofrénicos gobernados no entendemos ese mensaje tan prístino y tan obvio que la verdad refleja.

Pobrecitos los que llegan porque no saben a qué vienen, pobrecitos los que se quedan porque no pueden irse aunque quieran, pobrecitos los que amamos y odiamos al país porque no tenemos salida.


Gabriel Otero

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