2 de noviembre de 2009

LA ABUELA

PALABRA DE CÍCLOPE

Fotografía de Tejutepeque cortesía de www.tejutepeque.com


Para la abuela Ángela

Recuerdo a mi abuela hablando de céntimos, de leguas, del Cerro de los Coyotes, de Tejutepeque, de la “Circasia Salvadoreña”, de la ruina familiar, del Partideño, de la huelga de brazos caídos que derrocó al Gral. Hernández Martínez, de sus hermanos que se fueron y los que se quedaron, de la tristeza de ver morir a los que amaba y saberse sola poco a poco.

La abuela era una mujer de carácter forjado en yunque, de esas “mujeres de fuego, mujeres de nieve” (1) estremecedoras, pioneras del siglo y de todas las épocas, le encantaba la fruta y contarme las mismas historias una y otra vez, yo no entendía que era su manera de no olvidarse, de afincarse en la memoria de su descendencia.

Le fascinaba escuchar a los pájaros y expresarme sus cantos en palabras, era mágica, testigo de tanto y protagonista de mucho en tan poco tiempo. Leía en voz alta, degustaba la fuerza de la letra, leía pausada para aprehender todo el conocimiento.

Su peor error, decía, era haberse ido con el primer jinete que le regaló un pedazo de luna, un seductor a caballo: mi abuelo, tan ilustre en la reminiscencia como desconocido a los ojos, un personaje incidental de enorme relevancia porque sin su semilla nunca hubiese nacido mi madre.

Cosas de la vida, eventualidades afortunadas, la abuela fue madre a los veinte años y partió a la ciudad, ahí era feliz con su hija, después nacería la Tía Concha, aunque falleció siendo niña. El deceso se escribió en tinta indeleble en su alma, alguna vez vi una fotografía de ella, una imagen borrosa de alguien al que se le escapó el hálito vital en un suspiro.

En San Salvador, la abuela padeció de la pobreza, el mal generalizado que se ha incrementado por el egoísmo de unos cuantos, el vicio de acaparar todo lo que se produce. Relataba haber vivido la solidaridad de clase, algo inexistente hoy en día, sobrevivió montando un puesto en el mercado con la dignidad por las alturas.

Yo oía atento sus lecciones de existencia mientras escudriñaba el mapa de arrugas en su rostro, para ella siempre fui “Gabrielito” el menor de sus nietos, el arcángel personificado.
La vi por última vez en 1995 cuando le faltaban nueve años para cumplir su primer centenario, dicen que perdió la lucidez poco antes de morir, no lo creo, seguramente se burlaba de mis hermanas mayores que se excedían en cuidarla.

La abuela aún me acompaña en sueños, es una figura tutelar que se aparece amable durante mis tribulaciones, la recuerdo siempre al alba cuando intento interpretar lo que me dicen los pájaros.

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(1) “Mujeres” de Silvio Rodríguez


Gabriel Otero

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