5 de mayo de 2009

APUERCALIPSIS YA

PALABRA DE CÍCLOPE/CRÓNICAS PORCINAS


Fotografía cortesía del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria

El juego de palabras se debe a la picardía mexicana presente por la patria en momentos extremos, gimnasia de la agudeza caída como maná en el ánimo colectivo, bendito humor negro emanado de la adversidad porque ya ni a la mujer se le saluda de beso “no me pases tus babas porque quién sabe de donde vienes”.

El “ya” es hoy, plano temporal en el que la tradicional efusividad mexicana ha sido castigada por lo aséptico, lo impersonal, sólo los temerarios extienden su mano, su boca o sus brazos para que otro demente les brinde dos, tres, cuatro palmo percusiones en la espalda, símbolo usual de amistad y así desafiar a la influenza que se transmite por contacto.

Aunque la mayoría hemos expatriado al saludo de nuestras expresiones corporales, mas vale decir “aquí corrió que acá murió”, extrañamos las muestras de calor humano cuando el cariño se manifiesta entre amigos, hermanos o países.

Diez días después del brote epidémico los habitantes de la Ciudad de México nos hemos aislado en nuestras moradas, “no hay sitio como el hogar” así diría Dorothy la heroína del Mago de Oz mientras roza sus zapatos de diamantina roja como conjurando la esfumación del virus.

Pero éste no se fue y al parecer no se irá, se esparció a 18 países hasta hoy, originando pautas vergonzosas de xenofobia y discriminación hacia mexicanos en diversas partes del planeta. Es de entender las medidas precautorias y proteccionistas, pero no deben ser lesivas a la dignidad ni mucho menos atentatorias contra la solidaridad, tan pregonada en la unidad latinoamericana.

Cuba, potencia médica y cuna del mojito, se olvidó completamente de que el Granma zarpó de Tuxpan, Veracruz y que el Che Guevara, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y demás revolucionarios se entrenaron en México para derrocar a Fulgencio Batista. A Cuba también se le olvidó pagar la cuenta del petróleo mexicano que sostuvo sus plantas productivas durante lustros, y, omitió también por olvido, enviar una misión de doctores al Distrito Federal para examinar el virus ¿o será que ya están acá y lo desconocemos?

Y del sur tampoco escuchamos “todas las voces que sienten la piel de América en su piel”, Argentina canceló todos los vuelos, de y hacia el ombligo de la luna y no quiere recordar que un buen porcentaje de víctimas de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) reside en México.

¿Y qué decir de “mi Chile cobre y mineral”? país en el que los poetas poseen denominación de origen, ahí a los jugadores de las Chivas poco les faltó para que les colgaran campanas en el cuello como leprosos, la amnesia se tornó epidémica porque tampoco se acuerdan que México dio asilo a cientos de personas vejadas por la dictadura de Augusto Pinochet.

Es triste corroborar la ingratitud de la desmemoria, resulta inquietante descubrir que el rastro de la polilla borró los lazos histórico-afectivos entre pueblos que hasta ayer considerábamos hermanos.

Gabriel Otero

Publicado en Diario CoLatino, martes 5 de mayo de 2009
http://www.diariocolatino.com/es/20090505/articulos/66458/
y en Blogotepeque http://www.blogotepeque.com/2009/05/apuercalipsis-ya-palabra-de-ciclope.html

LA CIUDAD FANTASMA

Ángel de la Independencia, fotografía de Meghan Preston

El cine y la televisión nos han vendido la idea de la ciudad fantasma como una urbe completamente vacía, de gente y de vehículos, con un tenue y romántico viento removiendo la basura. Una imagen que se podría considerar bella.
Falso.

Ahora ya sé cómo es una ciudad fantasma. La de México es una en estos días.

Una ciudad fantasma de verdad, ahora lo sé, sólo economiza en su vida diaria. Hace lo mismo, pero con menos personas (un día normal en el periférico es una locura de tránsito vehicular y peatonal, ruido y contaminación. En estos días parece un retiro de montaña). Y esas pocas personas van y vienen atendiendo sus asuntos, pero con miedo.

Una ciudad fantasma está habitada por el miedo. Los capitalinos (supongo que en el resto del país ocurre lo mismo) le tememos a la influenza humana, ex influenza porcina.

Una ciudad fantasma está habitada por medias caras azules, las caras agazapadas tras los tapabocas. Me pregunto qué caso tiene usar ese diminuto pedazo de tela delgadísima sobre la boca y la nariz, si ya nos dijeron que el contagio se da con las manos (un detalle pintoresco provee la típica nota del proverbial sentido del humor de los mexicanos: la decoración de tapabocas. Si es menester usarlos, al menos decorémoslos: una sonrisa por acá, una cicatriz en la mejilla por allá, una dentadura chimuela acullá... un poco de chunga en medio del desconcierto).

Una ciudad fantasma vive con desconfianza. Desconfiamos unos de otros; los ojos que fisgonean por arriba de los tapabocas miran al prójimo sin disimular el recelo. Parecen haber juzgado y condenado ya como potenciales enfermos contagiosos a la mujer que viaja a un lado, en el metro, o al estudiante con el que se cruzan en la calle. Y la desconfianza tiene la mala costumbre de brincar límites, fronteras y océanos.

En casi todo el país se desconfía de los chilangos (capitalinos, habitantes de la ciudad de México), como si el virus maldito fuera invento nuestro; ni en Acapulco somos bienvenidos. En el extranjero se desconfía de los mexicanos, a pesar de que los contagios y las muertes no son exclusivos de estas tierras. Cynthia, mexicana que vive en Italia hace años, comenta en Facebook que a los europeos ya les dio miedo y a ella “la evitan”. Témoris (a pesar del nombre, es mexicano) recorre la Ruta de la Seda y también comenta en Facebook: “¿Alguien sabe dónde está Uzbekistán? Pues hasta hace 3 días aquí no sabían qué onda con México. Y ahora todos preguntan si mi país se va a convertir en un megacampo de concentración (y yo me aguanto para no estornudar en público, ¡no vaya a ser que me encierren!)”.

Los aeropuertos mexicanos cada día van a tener menos trabajo, a juzgar por la cuarentena de vuelos a la que ya empezaron a someternos.

En una ciudad fantasma las calles están casi vacías porque sus millones de habitantes se esconden en sus casas, alentados a ello por el mismísimo jefe del país. Pero, paradójicamente, los supermercados están atiborrados y trabajando a toda su capacidad, porque una ciudad fantasma con miedo provoca reacciones irracionales, como las compras de pánico. En estos días es prácticamente imposible conseguir una lata de atún o de sopa, un cubrebocas, un rollo de papel higiénico, una botella de agua o un paquete de toallitas desinfectantes. ¡Tampoco hay antigripales!

Una ciudad fantasma está medio muerta. Las escuelas están cerradas, no se trabaja en las dependencias gubernamentales, no hay mucha actividad económica (restaurantes, bares, antros, pequeños comercios, están cerrados) y se canceló la cultural (cerraron sus puertas los cines, teatros, salas de conciertos, bibliotecas). Hasta los partidos de fútbol se juegan en estadios con las gradas vacías.

Una ciudad fantasma es propensa a los rumores. Eso de estar encerrado en casa todo el día no trae nada bueno... se alucina, se desatan las versiones más disparatadas: que en realidad no hay ninguna epidemia, que todo es un complot del gobierno para que nadie vaya a votar en julio (interesante mito. Me pregunto cuál gobierno ideó tan peculiar complot: ¿el federal, panista; el del Estado de México, priista, o el del Distrito Federal, perredista? ¿o será que ya hay, por fin, un pacto entre los tres partidos que más se odian entre sí?), que el gobierno oculta la cifra real de fallecimientos (otra vez, ¿cuál gobierno?) o que van a establecer el toque de queda...

Una ciudad fantasma descree. Y no la culpo, pues nuestros mandatarios, todos, han hecho de la mentira su principal herramienta. Todos los días las autoridades sanitarias informan sobre las acciones para contener la epidemia, pero pocos le creen al secretario federal de Salud o al capitalino ni mucho menos al presidente. Confiamos más en entidades multinacionales, como la OMS. Si esa organización eleva sus niveles de alerta, entonces podemos estar seguros de que la amenaza es seria.

En fin... estamos en medio de la incertidumbre. Sabemos que el virus de la influenza nos tiene rodeados, sabemos que ya ha matado a algunos paisanos (20, según el último recuento oficial), sabemos cómo se contagia. Lo que no sabemos es cuándo o cómo va a terminar ni qué efectos va a tener en nuestras vidas.

El fenómeno de ver a la ciudad de México semidesierta ya se extendió a todo el país. Ya no estoy en una ciudad fantasma. Estoy en un país fantasma.

Un país fantasma vive con incertidumbre, desconfianza y miedo. Y del miedo al pánico no hay más que un paso.

Hugo Martínez Téllez
Ciudad de México, México






DECLARACIÓN DE AMOR

BARDOS Y GOLIARDOS DE SIEMPRE

Efraín Huerta
Silao, México
(1914-1982)

Ciudad que llevas dentro
mi corazón, mi pena,
la desgracia verdosa
de los hombres del alba,
mil voces descompuestas
por el frío y el hambre.

Ciudad que lloras, mía,
maternal, dolorosa,
bella como camelia
y triste como lágrima,
mírame con tus ojos
de tezontle y granito,
caminar por tus calles
como sombra o neblina.

Soy el llanto invisible
de millares de hombres.

Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón desamparado y negro.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose.

Es la hora del sueño, de los labios resecos,
de los cabellos lacios y el vivir sin remedio.
Pero si el viento norte una mañana,
una mañana larga, una selva,
me entregara el corazón desecho
del alba verdadera, ¿imaginas, ciudad,
el dolor de las manos y el grito brusco, inmenso,
de una tierra sin vida?

Porque yo creo que el corazón del alba
en un millón de flores,
el correr de la sangre
o tu cuerpo, ciudad, sin huesos ni miseria.

Los hombres que te odian no comprenden
cómo eres pura, amplia,
rojiza, cariñosa, ciudad mía;
cómo te entregas, lenta,
a los niños que ríen,
a los hombres que aman claras hembras
de sonrisa despierta y fresco pensamiento,
a los pájaros que viven limpiamente
en tus jardines como axilas,
a los perros nocturnos
cuyos ladridos son mares de fiebre,
a los gatos, tigrillos por el día,
serpientes en la noche,
blandos peces al alba;
cómo te das, mujer de mil abrazos,
a nosotros, tus tímidos amantes:
cuando te desnudamos, se diría
que una cascada nace del silencio
donde habitan la piel de los crepúsculos,
las tibias lágrimas de los relojes,
las monedas perdidas,
los días menos pensados
y las naranjas vírgenes.

Cuando llegas, rezumando delicia,
calles recién lavadas
y edificios-cristales,
pensamos en la recia tristeza del subsuelo,
en lo que tienen de agonía los lagos
y los ríos,
en los campos enfermos de amapolas,
en las montañas erizadas de espinas,
en esas playas largas
donde apenas la espuma
es un pobre animal inofensivo,
o en las costas de piedra
tan cínicas y bravas como leonas;
pensamos en el fondo del mar
y en sus bosques de helechos,
en la superficie del mar
con barcos casi locos,
en lo alto del mar
con pájaros idiotas.

Yo pienso en mi mujer:
en su sonrisa cuando duerme
y una luz misteriosa la protege,
en sus ojos curiosos cuando el día
es un mármol redondo.
Pienso en ella, ciudad,
y en el futuro nuestro:
en el hijo, en la espiga,
o menos, en el grano de trigo
que será también tuyo,
porque es de tu sangre,
de tus rumores,
de tu ancho corazón de piedra y aire,
de nuestros fríos o tibios,
o quemantes y helados pensamientos,
humildades y orgullo, mi ciudad,

Mi gran ciudad de México:
el fondo de tu sexo es un criadero
de claras fortalezas,
tu invierno es un engaño
de alfileres y leche,
tus chimeneas enormes
dedos llorando niebla,
tus jardines axilas la única verdad,
tus estaciones campos
de toros acerados,
tus calles cauces duros
para pies varoniles,
tus templos viejos frutos
alimento de ancianas,
tus horas como gritos
de monstruos invisibles,
¡tus rincones con llanto
son las marcas de odio y de saliva
carcomiendo tu pecho de dulzura!