27 de febrero de 2012

OCHO DÍAS Y CONTANDO

PALABRA DE CÍCLOPE







Ocho días es nada, es mucho, es todo. Para un fumador pernicioso omitir el tabaco en ese lapso es la eternidad, para quien deja de fumar es su paulatina desintoxicación de la nicotina, droga cinco veces más adictiva que la heroína. La primera sustancia es legal y produce 11 mil muertes por día y la segunda es satanizada y genera menos de 200 muertes por año. Ello es reflejo de la doble moral latente en gobiernos y sociedades.

Para evitar enojarse es mejor no averiguar las posturas ambiguas de los estados con las compañías tabacaleras, éstas aceptan las cargas impositivas que sean, total los consumidores pagan tasas arriba del 350 % sobre costo por cajetilla que financian todas las campañas gubernamentales contra el tabaco. 

Dos décadas y media anduve echando humo por la vida y dejé de hacerlo por las mismas razones por las que empecé: la libertad de envenenarme a fuego lento y luego despojarme del vicio tirano de consumir treinta cigarros diarios.

Hace ocho días asistí a la clínica de Allen Carr, autor de numerosos libros de ayuda, cuyo método para dejar de fumar es altamente efectivo: cinco horas de psicoterapia y otra de hipnosis colectiva. No es un tratamiento barato, hay que llamar con meses de antelación para concertar la cita y estar conscientes de que ese momento marcará un hito en la historia individual.

Llegamos un grupo de dieciséis fumadores, no teníamos idea de cómo abandonaríamos el tabaquismo, quien conoce esa adicción sabe las amplias connotaciones de servilismo y esclavitud que uno puede llegar a tener por el cigarro.

Yo cabeceaba en las terapias, las verdades a veces aturden, tanto que llegan a causar una somnolencia letal, hubo un momento en que escuchaba lejos la voz de la instructora solo para volverme a arrullar a la siguiente frase.

Y se anunciaron las buenas nuevas: estábamos  a punto de desertar de las filas de los tobacco’s yunkies y se nos pidió prender, en silencio, el último cigarro.

Me supo horrible el shot de alquitrán y monóxido de carbono, lo apagué de inmediato, pero como era el cigarro postrero lo volví a encender presuroso, se me ocurrió la ridiculez de imaginar que la humareda nunca ha tenido algo de poético. Además, para completar el círculo había que tirar cajetilla y mechero en una especie de montaña-mausoleo para que quedara constancia de nuestra voluntad expresa de renunciar al hábito degradante de fumar.      

Al regresar de las exequias tabacaleras nos aconsejaron la mejor manera de sobrellevar las primeras 96 horas de abstinencia: si te da hambre come fruta, bebe mucha agua y no sufras sé positivo.

Y salimos de la clínica, mi primer deseo fue encender un cigarro, me contuve, me causó pena sentir esas ganas irrefrenables de llenarme de humo los pulmones.

Pero siguieron los síntomas de continencia: me dormí antes de las diez de la noche y me desperté a las tres de la madrugada y recordé el enorme placer del primer cigarro en la mañana y de los fumados después de cada comida.

Y las sensaciones fueron in crescendo hasta que comprendí que la ansiedad es algo para prescindir, ocho días no es nada, es mucho o es todo porque vale la pena dejar de fumar.

Gabriel Otero
            

18 de febrero de 2012

WHITNEY Y LAS DOLIDAS


PALABRA DE CÍCLOPE




El New York Times le llamaba “La Voz”, artículo y sustantivo femenino escritos en mayúsculas para resaltar las propiedades únicas  de ese instrumento musical versátil que es materia prima del canto. El periódico no exageraba, ella alcanzaba octavas altísimas, sin esforzarse, con una paleta en la boca.

Talento natural, tesitura y timbre de mezosoprano, Whitney Houston era dueña de una voz potente que las voraces compañías discográficas aprovecharon para que las adolescentes ochenteras se proyectaran de inmediato.

La fórmula era infalible: soft pop y cursilería, eufemismo de mal gusto, letras que hablaban del amor rosita que suda en las manos y reprime calenturas, mensajes de uniones idealizadas para seguir soñando con príncipes azules asexuados; ellas bailaban en fiestas y discotecas con alguien que las amara (1) porque estaban guardando todo su amor (2) para ellos.

Amor expectante, virginal y sin espinas, si las niñas oían y adoptaban a Whitney de cabecera  los papás no tenían motivos para preocuparse de garañones acechantes y otras alimañas chupadoras de pasiones.

Whitney representaba la música desdentada, melódica y correcta, fue cosechando seguidoras y adeptos con sacarina en las venas hasta vender más de 170 millones de discos.

La sensiblería fue más allá de sí con la aparición de I Will Always Love You, canción que se convirtió en el himno de las dolidas, recapitulación de clisés originando catarsis, estímulo inaudito de las glándulas lacrimales, porque ellas siguieron su camino resignadas, pero se quedaron recordándolos para amarlos por siempre.

Ay, dolor, quémalas eternamente mientras se atiborran de helado y extrañan sus brazos, su boca, su cuello y su todo, que no quepa la menor duda que ellas nacieron para juntarse con ellos y más si son  guaruras o guachimanes.

Whitney Houston “La Voz” fue enterrada hace unas horas, está por venir una nueva generación de santurronas y dolidas porque lo kitch es dolorosamente atemporal.


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(1) “I Wanna Dance With Somebody” de Whitney Houston
(2) “Saving All My Love For You” de Whitney Houston


Gabriel Otero

7 de febrero de 2012

ELOGIO DE LA LUJURIA

PALABRA DE CÍCLOPE



Venus, Cupido y el tiempo, Agnolo Bronzino 



Dios salve al cuerpo de las mujeres, repertorio profundo de fetiches y parafilias: axilas, pantorrillas,  pies, dedos, cuello, brazos, manos, pelo, ojos, cejas y orejas. Se anhelan al imaginarlas, se aman al verlas.

Qué de malo hay en admitir la naturaleza animal, sufrimos en disfrazar nuestro temperamento sexualmente divino y desde el sexto día de la creación prescindimos de nuestra desnudez.

Si la lujuria mueve al mundo para qué negarla, el deseo no tiene ataduras ni patria ni nacionalidad. Nada parece importar cuando una mujer y un hombre se buscan y se exploran con los apetitos. La combustión es el origen y el fin.

Qué de malo hay en representar la liturgia de la procreación, el fuego surge en el cerebro y el vientre, la excitación dignifica la travesía imperiosa entre dos polos del mismo imán. 

Y por qué no practicar el saludable fornicio, en besarles lento los pezones, mordisquearlos con la levedad de la brisa, cogerles el aroma del cuello y las orejas y lamerles su palpitar.

Qué de malo hay en que ellas nos revuelquen en la cara su hambre de valquiria y juguetear con su sonrisa vertical, si en el sexo se descubren las verdades y se alimentan los amores.

Dejémonos de simulacros y que regresen de su exilio: Afrodita, Eros, Venus, Pan, Dioniso, Huitaca y Lilith, dioses olvidados por la hipocresía de los bellacos, esos sumos pontífices indolentes que se han erigido en pastores de la humanidad.

Qué de malo hay en ansiar de menos o de más, si las caricias se reparten urgentes o parsimoniosas, según sea el momento o el lugar, siempre sobra tiempo para reinventarse y volverse a encontrar.

De nada sirve esconder la voluptuosidad y declarar la lujuria como pecado capital porque no sólo de mitos y sofismas vive el hombre, ejerce la líbido y luego existe.

Qué de malo hay en creer que el cuerpo de las mujeres es el paraíso y si nos morimos será para resucitar y hacerle genuflexiones a su sexo.


Gabriel Otero