24 de diciembre de 2011

LA FOTOGRAFÍA CON SANTA CLAUS

PALABRA DE CÍCLOPE





Hay daguerrotipos infaltables en cualquier álbum familiar: la pareja celebrando el ritual del matrimonio, ambos con sonrisas nerviosas y diez kilos de menos; la mujer embarazada acariciándose la panza por las patadas del que está por llegar; el bautismo del niño sostenido de la cabeza por aquel compadre al que nunca más vieron; el primer cumpleaños del primogénito embarrando el pastel en las paredes; y la tradicional del hijo sentado en las piernas del personaje barbado vestido de blanco y rojo al que llaman Santa Claus.


Pero a veces los papás son poco o muy caprichosos, y cuando llega la época navideña y el niño ya no es esa masa risueña de baba y fragilidad, intentan convencerlo de posar nuevamente con el habitante estrella del polo norte, la respuesta del infante ha sido un categórico, rotundo y repetido “no” en entregas anuales.

Algunos niños desarrollan fobias con disfraces, botargas y payasos que lejos de causarles risas y gracia les provocan escozor y hasta cierto dejo de repugnancia. Otros mantienen una relación de conveniencia  con Santa Claus, algo así como que creo en ti y te envío listas interminables de juguetes porque me porto bien pero mejor quédate sentadito en tu trineo arreando a Rudolf, el de la nariz roja, y a los demás renos.

Mi hijo pertenecía a este último grupo, los niños infaliblemente extravían la ilusión a cierta edad y ganan a pasos agigantados la injusta racionalidad, y nos hacen suponer a los adultos que es cierto el cuento de las abejitas y que a los bebés los trae la cigüeña de París.

Oh, ilusos de nosotros, que hasta hace poco tiempo escondíamos los regalos que el generoso Santa Claus pagaba con su Master Card y los guardábamos en las profundidades del closet hasta nochebuena, para entregarlos a su único y mimado destinatario, tan es así que en doce años nuestro hogar se ha convertido en una mezcla grosera de juguetería y biblioteca: Rayuela de Cortázar habita entre Woody y el Señor Cara de Papa, y Dublineses de Joyce reposa rodeado de autobuses a escala.

Que mi hijo crezca tiene ciertas ventajas: ahora sí, podremos exigirle la preciada foto con Santa Claus como una reliquia de su infancia que se aleja sobre las nubes.

Le exponemos argumentos que consideramos contundentes, el registro histórico-fotográfico de su momentum personal; la locación perfecta para la instantánea sería un sitio popular, nada de almacenes ni de aburridos malls.

Queríamos un Santa Claus prieto con barba blanca, de esos que apestan a tequila para aguantar a tanto escuincle llorón, de esos émulos de Papá Noel que se ganan la vida con almohadones en el estómago y que bajan de talla al concluir la temporada por el calor del disfraz.

Y un domingo nos fuimos a la Alameda Central, punto de reunión de las damas de sociedad durante la Colonia, pero que desde hace 60 años es el lugar habitual para verbenas navideñas en el que se juntan más de 40 Santa Claus con sus sets y estudios móviles que no se dan abasto para cubrir la demanda de las multitudes ávidas de algo más para recordar.

Mi hijo pensó que la exigencia era broma, una puntada más de las ocurrencias de sus papás, hasta que nos vio negociar con el staff de un Santa Claus desvencijado y subir las escaleras hacia la estructura metálica, construida como un carruaje para nieve, al fondo en el ciclorama habían paisajes blancos cursis y fríos con los pájaros de Bambi en las ramas y alrededor Buzz Lightyear, Woody,  Rex el tiranosaurio,  Slinky el perro con resorte, la Señora Cara de Papa, Jessie la vaquerita y Lotso el oso amargado.  

Hizo el berrinche de su vida, peleó y repeló, exudó lágrimas, fue inútil, la toma fotográfica llegaba como el amanecer para un vampiro, el suplicio duró tres minutos, a mi me dijeron “quítese los lentes señor para que no se refleje el flash”.

Y llegamos al infinito y más allá, al bajar nos entregaron la imagen impresa con un calendario del año del fin del mundo, mi hijo no la ha querido ver, ojalá esta experiencia no sea exorcizada por terapeutas pelafustanes, que ven traumas por doquier, y se quede tal cual en el plano anecdótico.

Por cierto, todos salimos muy bien en la fotografía con Santa Claus.

Gabriel Otero


10 de diciembre de 2011

DE ROQUE EN ROQUE (Tercera Parte)

PALABRA DE CÍCLOPE



La que es puta, vuelve
El 17 de marzo como buenos irlandeses adoptivos celebrábamos puntuales la fiesta de San Patricio. Justificación perfecta para beber ingentes cantidades de whisky y regalar shamrocks a las deseadas. El Juanito caminante, no surgió ni en Belfast ni en Dublín, pero en sus andanzas escocesas llegaba de invitado de honor a trasnochar en algún bulín de la Ciudad de México.
Éramos cuatro estudiantes de letras admiradores de Oliverio Girondo, Roberto Juarroz, James Joyce, Dylan Thomas, Arthur Rimbaud y el siempre recurrente Roque Dalton. El olor a solemnidad nos producía roña y amábamos la experimentación del rock progresivo.
Nuestro anfitrión era un flemático londinense nacido por albures geográficos en Puebla de los Ángeles. Como fuera, todo él era extremadamente british.
Su departamento, que rascaba al cielo, carecía de muebles: una mesa, cuatro sillas, un tocadiscos, dos bocinas y una hilera de dos mil viniles ordenada alfabéticamente, eran los únicos objetos en una superficie alfombrada de 50 metros cuadrados, aparte estaban dos recamaras, un tendedero, la cocina y la terraza.
En la pared principal, nuestro anfitrión, había dispuesto un mural en el que yacían testimonios de borracheras pretéritas, mensajes inspirados en crepúsculos, noches y albas de elocuencia inesperada, versos individuales y colectivos, ensayos ideográficos de la palabra, declaraciones de principios y uno que otro secretito de amor expuesto al escrutinio poético.
Nosotros éramos los beodos de cabecera, los poetas en ciernes, los originales, los que creíamos que la carrera de letras era sólo una guía de lecturas, los que nos suicidaríamos antes de cumplir la tercera década, los integrantes de la corriente de en la masmédula, los que detestábamos a Saussure y a Chomsky, los que cambiaríamos la placidez literaria reinante con la revista La Lezna Deleznable y por lo mismo nos sobraban féminas que se comportaban como groupies.
La rebeldía atrae a las mujeres libres y justas, es una flauta mágica dulcemente tentadora para las inconformes, tuvimos la fortuna de encontrarnos con muchas de ellas y compartir algo superlativo a las convicciones.
Con nuestro anfitrión habíamos sido hermanos de leche en no menos de cuatro ocasiones, yo me burlaba de él porque por alguna caballeresca y extraña predilección acechaba y andaba con las que habían sido mis amantes.
Y en una revelación, en la madrugada siguiente al día de San Patricio, se me ocurrió evocar uno de los refranes populares salvadoreños plasmados por Roque Dalton en sus Historias Prohibidas del Pulgarcito y escribí en el mural: “La que es puta, vuelve”.
La frase causó las carcajadas generales y la seriedad mortuoria de nuestro anfitrión, quién sabe qué hilo sensible jalé de la madeja, su cara de “ya váyanse a la mierda” fue notoria, pero no articuló lenguaje audible ni en inglés ni en español. A pesar de ello, ninguno de nosotros le hizo caso, la fiesta siguió hasta que nos quedamos dormidos uno a uno sobre la alfombra.
Cuatro días después no fui al festejo de la llegada de la primavera, que bueno que no lo hice, la novia de nuestro anfitrión, otrora amante mía, asistió a la borrachera, se sintió aludida con el refrán y escribió silenciosa su continuación: “La que es puta, vuelve….pero no con los cerdos que se revuelcan en la mierda”
Hoy todos somos grandes amigos.
Gabriel Otero

3 de diciembre de 2011

DE ROQUE EN ROQUE (Segunda Parte)

PALABRA DE CÍCLOPE


Los poetas nacen para amar y ser amados

Tenía 25 años y un cuerpo esculpido por la generosidad de la madre naturaleza, intentaba disfrazar su acento salvadoreño con el típico cantadito chilango, su cara le hacía los honores al resto de su anatomía, era una mujer crisol de deseos urgentes y sentimientos intensos.

Vivía en Lindavista, para ser exacto, a siete cuadras de mi casa, no se le podía pedir más a la vida si a la mano se poseían el amor y la lujuria, aunque no en ese riguroso orden.

En teoría, y en la bendita práctica, ella me sedujo con todas las leyes del cuerpo, precisa y diligente, llegó inesperada a robarse mis vestigios personales de lo que llaman adolescencia.

Nos comíamos ansiosos cada vez que se podía y no le gustaba hablar de otra cosa más que de poesía.

Ella me sumergió en los océanos de la obra de Roque Dalton y era una más de su legión de enamoradas porque los poetas nacen para amar y ser amados.

Yo apenas trazaba mis primeros garabatos y de tanto tropezar aprendí que los versos están escritos en las mismas piedras y en todo lo que existe o lo que se inventa.

Con ella experimenté que lo carnal es lo absoluto y que los mañanas no importan si hoy no se viven los instantes. Su lema parecía ser que el tiempo es hoy aunque cueste la vida.

Es exquisito cuando el amor reside entre las piernas y se complementa entre oquedades, pero tiene la desventaja del hastío si brotan los celos y las territorialidades.

Ninguno de los dos estaba para ser propiedad del otro, yo mucho menos que ella, la sola idea del compromiso espantaba a los muertos, los andrógenos son volátiles y los ímpetus se me fueron apagando por los acosos.

Dos escenitas bastaron para asesinar la pasión: en una, obscenamente pública, se presentó en mi colegio en exámenes finales a cuestionarme a gritos el por qué no la había visitado en una semana; y en otra, aterradoramente privada, estuvo a punto de tirarse por la ventana con el pretexto de que yo no la quería más.

Sin embargo, sin reconciliación de por medio, nuestra despedida fue triste, se inscribió en un programa de refugiados en Canadá, y según supe, continúa brindándoles su gloria a los ángeles. Afortunados y tolerantes sean.

Gabriel Otero