SITIO DE ESPEJOS Y DEL ALTER EGO, NO SE CULPE A NADIE DE MI VIDA NI MUCHO MENOS DE MI MUERTE, RETOMO LOS VERSOS DE EFRAÍN HUERTA COMO ESTANDARTE PARA REIRME DEL SOL Y DE LA LUNA. Gabriel Otero
31 de diciembre de 2011
24 de diciembre de 2011
LA FOTOGRAFÍA CON SANTA CLAUS
10 de diciembre de 2011
DE ROQUE EN ROQUE (Tercera Parte)

La que es puta, vuelve
El 17 de marzo como buenos irlandeses adoptivos celebrábamos puntuales la fiesta de San Patricio. Justificación perfecta para beber ingentes cantidades de whisky y regalar shamrocks a las deseadas. El Juanito caminante, no surgió ni en Belfast ni en Dublín, pero en sus andanzas escocesas llegaba de invitado de honor a trasnochar en algún bulín de la Ciudad de México.
Éramos cuatro estudiantes de letras admiradores de Oliverio Girondo, Roberto Juarroz, James Joyce, Dylan Thomas, Arthur Rimbaud y el siempre recurrente Roque Dalton. El olor a solemnidad nos producía roña y amábamos la experimentación del rock progresivo.
Nuestro anfitrión era un flemático londinense nacido por albures geográficos en Puebla de los Ángeles. Como fuera, todo él era extremadamente british.
Su departamento, que rascaba al cielo, carecía de muebles: una mesa, cuatro sillas, un tocadiscos, dos bocinas y una hilera de dos mil viniles ordenada alfabéticamente, eran los únicos objetos en una superficie alfombrada de 50 metros cuadrados, aparte estaban dos recamaras, un tendedero, la cocina y la terraza.
En la pared principal, nuestro anfitrión, había dispuesto un mural en el que yacían testimonios de borracheras pretéritas, mensajes inspirados en crepúsculos, noches y albas de elocuencia inesperada, versos individuales y colectivos, ensayos ideográficos de la palabra, declaraciones de principios y uno que otro secretito de amor expuesto al escrutinio poético.
Nosotros éramos los beodos de cabecera, los poetas en ciernes, los originales, los que creíamos que la carrera de letras era sólo una guía de lecturas, los que nos suicidaríamos antes de cumplir la tercera década, los integrantes de la corriente de en la masmédula, los que detestábamos a Saussure y a Chomsky, los que cambiaríamos la placidez literaria reinante con la revista La Lezna Deleznable y por lo mismo nos sobraban féminas que se comportaban como groupies.
La rebeldía atrae a las mujeres libres y justas, es una flauta mágica dulcemente tentadora para las inconformes, tuvimos la fortuna de encontrarnos con muchas de ellas y compartir algo superlativo a las convicciones.
Con nuestro anfitrión habíamos sido hermanos de leche en no menos de cuatro ocasiones, yo me burlaba de él porque por alguna caballeresca y extraña predilección acechaba y andaba con las que habían sido mis amantes.
Y en una revelación, en la madrugada siguiente al día de San Patricio, se me ocurrió evocar uno de los refranes populares salvadoreños plasmados por Roque Dalton en sus Historias Prohibidas del Pulgarcito y escribí en el mural: “La que es puta, vuelve”.
La frase causó las carcajadas generales y la seriedad mortuoria de nuestro anfitrión, quién sabe qué hilo sensible jalé de la madeja, su cara de “ya váyanse a la mierda” fue notoria, pero no articuló lenguaje audible ni en inglés ni en español. A pesar de ello, ninguno de nosotros le hizo caso, la fiesta siguió hasta que nos quedamos dormidos uno a uno sobre la alfombra.
Cuatro días después no fui al festejo de la llegada de la primavera, que bueno que no lo hice, la novia de nuestro anfitrión, otrora amante mía, asistió a la borrachera, se sintió aludida con el refrán y escribió silenciosa su continuación: “La que es puta, vuelve….pero no con los cerdos que se revuelcan en la mierda”
Hoy todos somos grandes amigos.
Gabriel Otero
3 de diciembre de 2011
DE ROQUE EN ROQUE (Segunda Parte)
Los poetas nacen para amar y ser amados
Tenía 25 años y un cuerpo esculpido por la generosidad de la madre naturaleza, intentaba disfrazar su acento salvadoreño con el típico cantadito chilango, su cara le hacía los honores al resto de su anatomía, era una mujer crisol de deseos urgentes y sentimientos intensos.
Vivía en Lindavista, para ser exacto, a siete cuadras de mi casa, no se le podía pedir más a la vida si a la mano se poseían el amor y la lujuria, aunque no en ese riguroso orden.
En teoría, y en la bendita práctica, ella me sedujo con todas las leyes del cuerpo, precisa y diligente, llegó inesperada a robarse mis vestigios personales de lo que llaman adolescencia.
Nos comíamos ansiosos cada vez que se podía y no le gustaba hablar de otra cosa más que de poesía.
Ella me sumergió en los océanos de la obra de Roque Dalton y era una más de su legión de enamoradas porque los poetas nacen para amar y ser amados.
Yo apenas trazaba mis primeros garabatos y de tanto tropezar aprendí que los versos están escritos en las mismas piedras y en todo lo que existe o lo que se inventa.
Con ella experimenté que lo carnal es lo absoluto y que los mañanas no importan si hoy no se viven los instantes. Su lema parecía ser que el tiempo es hoy aunque cueste la vida.
Es exquisito cuando el amor reside entre las piernas y se complementa entre oquedades, pero tiene la desventaja del hastío si brotan los celos y las territorialidades.
Ninguno de los dos estaba para ser propiedad del otro, yo mucho menos que ella, la sola idea del compromiso espantaba a los muertos, los andrógenos son volátiles y los ímpetus se me fueron apagando por los acosos.
Dos escenitas bastaron para asesinar la pasión: en una, obscenamente pública, se presentó en mi colegio en exámenes finales a cuestionarme a gritos el por qué no la había visitado en una semana; y en otra, aterradoramente privada, estuvo a punto de tirarse por la ventana con el pretexto de que yo no la quería más.
Sin embargo, sin reconciliación de por medio, nuestra despedida fue triste, se inscribió en un programa de refugiados en Canadá, y según supe, continúa brindándoles su gloria a los ángeles. Afortunados y tolerantes sean.
