LOS CIELOS DE LA LUNA (Segunda y última parte)
PALABRA DE CÍCLOPE
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Fotografía histórica, buena parte de los poetas salvadoreños rindiéndole homenaje a un espacio: La Luna |
Del whisky en los crepúsculos
La casa era amplia como las que se construían
antes, Oscar Soles jugaba en sus paredes a ser el dios de los colores, los
otros socios y adeptos de La Luna explotaban sus talentos: recuerdo a Alvar
Castillo detrás de su teclado eléctrico, a Julito en la barra en el rol de
confidente de borrachos solitarios, a Gracia Rusconi y Carmen Elena Trigueros colmando
de bebidas a los anhelantes, a Quique Rusconi y Jaimito Aquino riéndose porque
volaban las moscas, a Pedro Portillo de exótico
curandero de almas y a la siempre omnisciente Beatriz Alcaine pendiente de todo
lo que pasaba.
Me convertí en asiduo de La Luna, a
cada cliente le hacían sentir la calidez de ser el único porque al entrar y
sentarse ahí se corría el riesgo de descubrirse a si mismo.
A principios de 1992 nos reunimos
Beatriz Alcaine, Ricardo Lindo, Horacio Castellanos Moya y yo para discutir lo
que nos dio por llamar los “Crepúsculos Literarios”, pretendíamos crear un
espacio para la expresión y discusión de la literatura y presentar libros. Estos
eventos estarían programados los jueves a las seis de la tarde, la hora adecuada para beber la malta
milagrosa y hablar para lo que nacimos.
Nos fuimos turnando como moderadores
y el experimento trascendió lo que nos habíamos reinventado, tanto que nos dio
por escribir editoriales en el Tres Mil algunos sábados, de modo que hay textos
de Horacio, Ricardo y míos cobijados en la nube institucional del anonimato.
De los “Crepúsculos Literarios” evoco
exactos: la aparición pública del libro “Contracorriente” de Jacinta Escudos
con el vozarrón de Leonardo Heredia como comentarista y ella leyendo absorta
“Hiroito mi amor” y el agarrón de
antología que tuvimos Otoniel Guevara y yo cuando debatimos sobre la llamada
Generación de la Guerra, cuestión irrelevante de por si, lo valioso vino
minutos después cuando una desconocida me plantó un beso dulce con la que
amanecí celebrando la luz del sol en su cama.
Y los caballeros, por supuesto, para
nombres y otros temas nunca hemos tenido memoria.
Poli poli policía
Todo hombre es culpable hasta probar
su inocencia, así funciona en el Tercer Mundo aunque sea lo contrario, nos
apañaron con la vileza de la represión en el coche, nos revisaron los bolsillos
buscando sustancias prohibidas y otras yerbas, nos dijeron que les valía un
carajo que fuéramos sutanito y perencejo, nos deslumbraron con sendas lámparas
las retinas.
Nos bajaron a empujones para
celebrar la paz en el país, por suerte sin culatazos, “los vecinos se han
quejado de los bolos escandalosos” nos dijeron y casi casi nos subieron a la
patrulla de no ser porque salieron todos los que estaban en La Luna.
Nunca he pisado la cárcel.
Gabriel Otero
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