23 de agosto de 2013

AL JUNKIE SE LE APARECIÓ JESUCRISTO EN EL CINE CHAPLIN



Jeringa en mano se palpó el brazo izquierdo buscándose las venas,  se golpeó con dos dedos el rastro azul debajo de la piel y cerró el puño para picarse. De la punta de la aguja brotó placer matutino instantáneo. En el buró yacían botes medio llenos de quaalude, valium y ritalina, barbitúricos y speeds, que mezclados serían un cóctel vasto para matarse en un rato.

El guión de la fotonovela enfatizaba una atmósfera decadente matizada por claroscuros que se lograban cerrando las persianas. Para hacer más delirante la escena escuchábamos a todo volumen Never Mind The Bollocks de los Sex Pistols evocando la creencia nihilista de Sid Vicious que se vive rápido y se muere joven.

El set era la recamara de un departamento en Tlatelolco, la morada familiar de Santiago, estudiante de cine. El trabajo: una fotonovela con diapositivas cuyo argumento narraba la alucinación de un junkie en la que se le aparecía Jesucristo para advertirle de las consecuencias de su vicio.

La fotonovela se desarrollaba en dos locaciones: el interior del mencionado cuarto y la acera frente al cine Chaplin, no había story board, pero Santiago tenía en la memoria ideas precisas de los ángulos requeridos y del manejo de cámaras.

El papel del junkie lo desempeñaba Mario, estudiante de leyes; el rol de Jesucristo lo personificaba yo, estudiante de letras; además participaban de fotógrafos diligentes Tonatiuh y Ramiro, también estudiantes de cine que constituían el equipo de realización.

Mario le dio vida al junkie, se tomó muy en serio el método interpretativo stanislavskiano sin haber actuado nunca, su memoria emocional la había adquirido de ver a los punks marginados en El Chopo con sus pelos de mohicano y cuando salimos a la calle la gente lo esquivaba e incluso desviaba la mirada evitando encontrarse con un sujeto tan repulsivo.

Al junkie se le apareció Jesucristo en el cine Chaplin con un mensaje admonitorio extraño: una señal de detenerse con el brazo en alto como si estuviera parando el tráfico del Paseo de la Reforma. Dicen que mi personaje parecía haber escapado de algún baño sauna de la Peralvillo, una túnica blanca medio me cubría el cuerpo y una barba de tres días me empezaba a poblar la cara. No tenía rasgos de palestino ni mucho menos de judío para hacer verosímil el papel.

Una buena cantidad de curiosos se juntaron fascinados para ver qué hacíamos. Entre el junkie casi real y el Jesucristo caricatura se monopolizaban las interrogantes y las miradas. Terminamos casi al crepúsculo. No faltó quién preguntara la fecha de la premier del experimento estudiantil. 

La fotonovela fue un éxito inesperado en la escuela de cine: reunió la mejor dirección, fotografía, guión, realización y actuación principal pero también al peor histrión secundario por lo que fui nominado y ganador del Pavo Dorado por mi nula capacidad plástica y actoral.

Ese día fue memorable a pesar de la asoleada y el ridículo.

Gabriel Otero




17 de agosto de 2013

LA BELLA DURMIENTE





Ineptitud aniquila perseverancia, hay cosas para las que uno, en definitiva, no nace. Por más que se intenten vencer las inhabilidades, éstas se erguirán victoriosas recordándonos que es mejor darles la espalda para no caer en abismos de frustración.

De niños nos siembran la idea que los imposibles son montañas escalables, vaya, cualquiera puede ser astronauta, piloto, actor, futbolista, cantante o presidente. Aunque esta última profesión ha sido  devaluada por el cretinismo progresivo en la que es suficiente dibujar bellezas con la lengua o convencer de que el paraíso está en cada esquina.

Vorágine de reflexiones y sentires, hace 43 años a mis maestras de kínder se les ocurrió acercar a sus alumnos al fenómeno artístico y hacerlos partícipes de una obra de teatro: la versión libre y tropical de “La Bella Durmiente”.

Los actores éramos infantes, que hacía muy poco habíamos dejado de babear, a los que obligarían a aprenderse las líneas más significativas de la dramaturgia.

Yo no sé si fue el azar o un presagio funesto que me escogieran como el príncipe, el que despertaría a la princesa y al reino de su maleficio por lo que me exigirían asimilar experiencias ridículas y no aptas para un niño de esa edad como darle un beso a la princesa o vestir pantalones cortos bombachos, mallas blancas y camisa manga larga de colores rimbombantes.

Mi linda madre entusiasmada por el protagonismo precoz de su hijo se esmeró por caracterizar el papel de príncipe y mandó a confeccionar vestuarios especiales para la ocasión que me parecieron espantosos.

Imposibilitado para negociar mi inevitable rol estelar, de nada sirvieron llantos y berrinches, mi suerte estaba echada para que la obra se estrenara un sábado a las dos de la tarde en medio del veraniego calor canicular de San Salvador.

Y entre hadas, reyes, reinas y el “aaay que lindos” de mamás y papás y la ternura ocasionada por nuestro miedo llegó el momento de despertar con un beso a la blonda y exquisita princesa.

Casi me orino del susto, besar a una niña teniendo cuatro años es una experiencia extrema y lo es más vistiendo unas mallas grotescas.

Comencé muy mal mi carrera actoral.

Gabriel Otero




12 de agosto de 2013

LOS ENTES QUE UNO SUELE ENCONTRARSE EN EL MAR





Los entes que uno suele encontrarse en el mar, síguelos en 
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Saludos
GO

3 de agosto de 2013

UN INCIPIENTE ACTOR DE COMERCIALES






En 1973, setentaicinco colones simbolizaban una real fortuna para un niño de siete años, cifra con la que se adquirían variedad de cosas y que podía ser el salario de un mes de cualquier oficinista.   

Setentaicinco colones me pagaron por protagonizar un anuncio de Kleenex, los pañuelos desechables maravillosos que servían para  cualquier apuro como “sacarle los mocos a Otero”, estribillo que inventaron mis compañeros de clase carcomidos por la envidia o por la simple y llana gana de joder de verme en horarios televisivos familiares.

El comercial consistía en que pintara con pinceles en un lienzo y luego les limpiara las cerdas, no entendía cómo podía utilizarse un kleenex para esos efectos con pintura de aceite, ineficacia comprobada mediante el método científico tras horas y horas de perfeccionismo visual en el estudio y de que los benditos pañuelos se quedaran pegados en los dedos, hasta que a alguien se le ocurrió utilizar pintura de agua y facilitar el asunto.

Disfruté cada centavo de esos setentaicinco colones con los que mi padre me abrió una cuenta en el Banco Salvadoreño y que me gasté con toda impunidad en McDonalds y Mini Toys.  Los setentaicinco colones contrastaban con los quince colones que nos pagaban a mi hermano y a mí por pesar y llenar el ciento de cajas con cinco libras de Nutricán o con los veinticinco céntimos por cada par de zapatos que le boleaba a la familia. Me sentía millonario con los setentaicinco colones y me cautivó la manera de ganarlos sin importar mi creciente timidez.

A los meses me invitaron a participar en un comercial de zapatos Adoc, este era una secuencia de fotografías cuyo argumento relataba la vanidad de un padre por su hijo mientras sentado examinaba sus calificaciones y abajo se veían relucientes los zapatos Adoc 5000 de ambos rematando con el pie de foto y eslogan “De tal palo tal astilla”

Mi padre orgulloso de su descendencia se sintió ofendido por la  creatividad ramplona del copywriter. La campaña salió publicada en diarios y revistas y mis honorarios fueron unos discretos cincuenta colones, fruto de aguantar los flashazos de un fastidioso fotógrafo.

El tercer comercial del que fui partícipe, el de jabón Lovel de tocador,  me hizo transpirar sangre y fiebre y acabar rendido y lleno de escamas tras nadar buena parte del día en el Lago de Ilopango.

Aún dudo la utilidad que tiene un jabón para lavarse el rostro en un lago o la capacidad de hacer burbujas sino fue creado ex profeso como detergente,  el chiste era transmitir la alegría de enjuagar las manos y, bañarse, si se podía, en los bellísimos cuerpos de agua del país.    

Infante, como seguía siendo, afloraban mis temores al ver las algas largas surgir amenazantes desde las profundidades del lago y me imaginaba monstruos verdes, guapotes y mojarras con dientes gigantes y arcosaurios antediluvianos.

Las tomas se repitieron aburridas hasta que el agua rebotaba en la superficie en forma de canicas y la cámara captaba el momento exacto antes de deshacerse.

En esa filmación supe que lo mío no era ese medio y que la televisión nunca es lo que parece, sólo deseaba regresar a mi casa y jugar a cerrar los ojos.

Tuve otras ofertas de comerciales totalmente insulsas, ahora detesto la publicidad.   

Gabriel Otero