23 de julio de 2013

ESQUELETO TECNICOLOR: UNA APRECIACIÓN SOBRE LA PINTURA DE ÓSCAR LÓPEZ

Urbaniti-K de Óscar López
 
 
Amasiatos de colores, fragmentos geométricos cayendo como gotas de lluvia, manchas sugerentes en la sombra clara o mantos de estrellas expuestos a la luz, polifonías sensoriales explotando en la retina.
 
Esta obra es pura alegría, es una danza a la vida irradiando intensidad,  confieso que todas sus series me causaron una gratísima impresión, me dijo todo y nada, sólo lo que yo quise imaginar: el universo en jirones, un trilobite de hace doscientos millones de años, un enjambre alado o el esqueleto tecnicolor de un pescado.
 
El pintor se llama Óscar López, homónimo de uno de mis excelsos hermanos. Nació en 1982 cuando la guerra civil era lo cotidiano en aquel El Salvador romántico y revolucionario, ese que ya no existe.
 
Él afirma sentirse ciudad mientras trabaja sus mixturas formales con algo más sofisticado que la técnica del dripping, ¿Qué puede transmitir la abstracción de una figura? ¿Las pringas y rayas multicolores obedecen a un dibujo preconcebido?  ¿Habrá un mensaje  unidimensional para el capricho?
 
Es pintura urbana, expresión del instinto de supervivencia en las calles, la encrucijada de lo abstracto que no deja de ser concreto,  emoción de la vista en la que el color grita.
 
Óscar López empieza a mover sus pinceles arriba y abajo y de izquierda a derecha, poseídos por una locura generosa, para formarse un nombre en la extensa tradición pictórica salvadoreña, le urge quitarse la odiosa etiqueta de “joven” para adoptar un estilo que lo identificará siempre.
 
Atenerse al talento sería atentar contra sí, la fórmula sigue teniendo la simpleza de la constancia, la misma que él asume como compromiso profesional en su estudio.
En él la demencia toma su cauce y no es oscura como suele ser la desesperanza sino un camino brillante esperando a ser recorrido.
 
Larga vida a su pintura.
 
Gabriel Otero