18 de febrero de 2013

DEUDORES Y ASESINOS

PALABRA DE CÍCLOPE






La justicia en El Salvador tiene la claridad de la ceguera: persigue a los deudores hasta despojarlos, incluso de su nombre, y deja libres, campantes y felices a los asesinos que llegan a curules, ministerios,  consultorías y asesorías internacionales y más allá.

Constitucionalmente nadie puede ser encarcelado por deudas, pero los pagarés y letras de cambio son el harakiri legal cuando la insolvencia impide sustentarlos.

La justicia vendada puede palpar las firmas de los deudores a los que dicta embargos y autos de formal prisión por estafa,  pero olvidadiza, no distingue los rostros de los asesinos aunque los acaricie, ni siente olores a pólvora porque hieden a paz. 

El asesinato es el pasatiempo, el antivalor practicado por naturaleza, matar no es un crimen si las purgas filiales contribuyen a la estabilidad nacional,  pero en las deudas sin pagar se infringen los códigos de honor pilares del sistema. Manipulación grosera del valor de la confianza de quienes han hecho de la usura un modo superior de dominio.

En la promulgación de la “Ley de Amnistía General para la Consolidación de la Paz”, aprobada en marzo de 1993, se aplicó el paliativo forzado del perdón en supositorios. Y así autores intelectuales, sicarios y ajusticiadores anduvieron impunes saludando a la patria orgullosos y  promoviendo la cultura de paz. 

Pero cuando se buscó el olvido para las deudas por desempleo los usureros mayores, los banqueros, protestaron porque el dinero es la vida y la vida se va en costear los intereses y el régimen no puede fomentar la cultura de no pagar.    

Y así el destino del deudor es  vivir mal y callarse, pagar sangrando en la mar de tiburones y salvar el prestigio, la idea romántica de la palabra,  manoseada por los abusivos violadores habituales.

Y el asesino disfruta de sus burlas diarias a la historia, se carcajea porque nadie lo juzgará hoy, pero más tarde que temprano, o sea mañana,  llegará el momento de ajustar cuentas, ese largo e inacabable escapulario de víctimas esparcidas por doquier.

Pero hoy, sin duda, el asesino goza de más privilegios que un deudor ¿será porque la justicia salvadoreña no tiene espada ni balanza?  

Gabriel Otero