24 de marzo de 2012

CONVERSATORIO PARA RECORDAR A MONSEÑOR ROMERO

PALABRA DE CÍCLOPE







Cuando la Embajada de El Salvador en México, a través de su Consejero en Asuntos Culturales, Rolando Reyes, me invitó a participar en este conversatorio me sentí honrado y a la vez depositario de una enorme responsabilidad.

La proyección del documental “El cielo abierto” y estas breves palabras son un homenaje para recordar a Monseñor Romero, un personaje emblemático de El Salvador: el pastor que después de 32 años de martirio sigue siendo la voz de los tristes más tristes del mundo (1), la voz de los que no tienen ni tuvieron voz.

Su palabra plasmada en homilías adquiere una vigencia portentosa y es el compromiso de amor de un guía espiritual con su pueblo y supera cualquier intento de manipulación ideológica, tan de moda durante la guerra y tan añorada en la paz.

Me llamó la atención esta homilía proclamada en el funeral del padre Alfonso Navarro el 12 de mayo de 1977 y que pareciera hubiese sido escrita para ser dicha en una misa dominical de 2012: “…unámonos todos para hacer de nuestra patria, una patria más tranquila en que no haya tanta desconfianza de unos contra otros. En que no andemos huyendo como si estuviéramos en una selva salvándonos de las fieras. En que vivamos de veras como hermanos, si no por la fe en una resurrección en Cristo, al menos por un sentido nacional; al menos por un sentido humano; por un sentido de fraternidad”.

Penosamente, en El Salvador matar curas y monjas por considerarlos comunistas se convirtió en una costumbre rayana en la locura y en la estupidez. Durante doce años entre 1977 y 1989, militares a la luz del día y escuadrones de la muerte cobijados por la noche asesinaron a religiosos siendo Rutilio Grande, Alfonso Navarro, Oscar Arnulfo Romero, las monjas Maryknoll y los padres jesuitas los crímenes más renombrados, pero también sacrificaron a muchos desconocidos cuyas obras son recordadas en silencio en caseríos,  comunidades y poblaciones.

Monseñor Romero no era el cura rojo, imagen que algunos sectores conservadores pretenden y alientan ver, ni tampoco pueden ocultar su gigantesca estatura moral, a él sin ser santo lo llevamos a todos lados en ese sitio reservado y personal en el que nos palpita la vida.

Su bondad residía en la predica absoluta del evangelio porque “Dios es el Dios de Jesucristo. El dios de los cristianos no tiene que ser otro, es el Dios de Jesucristo, el del que se identificó con los pobres, el del que dio su vida por los demás. Nadie está condenado en vida; sólo aquel que rechaza el llamamiento del Cristo pobre y humilde y prefiera más las idolatrías de su riqueza y de su poder”(2).

Aún hoy, hay que tener mucho valor para decir esas palabras desde el púlpito, cuando los antivalores son los demonios que habitan en las mismas iglesias entre rojos cardenalicios, estolas púrpuras y vestimentas blancas.

Si Monseñor Romero viviese estaría a cinco años de cumplir su primer centenario y seguramente repudiaría todas las componendas y taras cotidianas entre los partidos políticos en El Salvador, y le causaría una profunda tristeza que más de 70 mil muertos generados en la  guerra civil hubiesen contribuido a arraigar aun más  la injusticia.

Nos hace mucha falta Monseñor Romero, nadie como él para señalar nuestra crasa inhumanidad y la insensibilidad reinante en nuestros egos porque existimos por y para nosotros y hemos olvidado los principios básicos de la convivencia.

Después de veinte años de la firma de los Acuerdos de Paz la hipocresía continúa asesinando a puñaladas a la solidaridad y el odio persiste y aunque ya no nos matemos deseamos como mínimo el infortunio del otro.

Incapaces de reconciliarnos rebotamos de trienio en quinquenio y “llega a tan alto grado el sectarismo de la organización idólatra, que le impide establecer diálogo y alianza con otro tipo de organización también reivindicativa. Si en esta hora los salvadoreños buscan por diversos caminos la salvación de la patria, ¿por qué querer aferrarse a sólo mi caminito y no querer entrar en diálogo y en negocio con los otros caminos? ¡Entre todos podemos encontrar la solución!.”(3)

La esperanza morirá cuando se apague el sol, las homilías de Monseñor Romero son un manantial de reflexiones, de nosotros dependerá que éstas se queden para ser leídas y recordadas en homenajes o aplicadas en nuestra vida cotidiana.

Que sus palabras nos sigan llenando de luz.

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(1) Versos de “Poema de Amor” de Roque Dalton
(2) Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero del 27 de mayo de 1979
(3) Homilía de Monseñor Oscar Arnulfo Romero del 4 de noviembre de 1979

Gabriel Otero


12 de marzo de 2012

VOTOS, ILUSIONES Y ALUCINACIONES



PALABRA DE CÍCLOPE


Un voto nos hace olvidar que somos ciudadanos de tercera en un país de cuarta gobernado por políticos de quinta. Asunto interminable de degradaciones y pretendidas representaciones, ellos dicen que son de los nuestros pero la verdad es que no son de nadie.


El voto, tan solo un voto, es ingrediente insustituible para renovar la mediocridad cada trienio, quinquenio o sexenio, el tiempo sí importa cuando el país es rebasado por los caprichos del partido y la estupidez correligionaria.


El voto, tal vez, algo menos de un voto, es aliciente de la ilusión individual, producto de la manipulación mediática, de que la situación algún día cambiará y no necesariamente para el bien del territorio nacional sino todo lo contrario. 

El voto, es eso, sólo un voto, que no sirve absolutamente de nada sino se garantiza un marco de justicia y equidad y se limita el poder de los abusivos regulares. 



Un voto es causa de alucinación colectiva, los diputados serán siempre diputados, becarios profesionales, personificaciones de la voracidad funcional enarbolando banderas propias sin rendirle cuentas a alguien. Por eso, no nos quejemos de querer pedirles la renuncia a los Padres de la Patria dos minutos después de tomar posesión de su cargo. 

El voto y la mitad más uno legitiman un sistema en el que se pierde de forma invariable: la participación ciudadana en las elecciones no implica la renovación de los elegidos, las serpientes aunque cambien de piel son perennemente serpientes. 

El voto es un supositorio adormecedor de la voluntad de las masas, ¿qué se ganará con la democracia? La idea de elegir aunque no existan opciones porque todas son variaciones de lo mismo. 

El voto es nada más y nada menos que un voto, derecho prescindible en las tiranías, voluntad adquirida en abonos por mañosos programas de gobierno, deber cívico devaluado por el actuar de los políticos. 

Un voto es lo que tanto se robaron los militares y nadie se acuerda, un voto es el que anulamos o nos abstenemos de emitir porque no basta para reinventarse.


Gabriel Otero