31 de julio de 2011

PATERNIDAD

PALABRA DE CÍCLOPE


Lo vi nacer, estuve ahí cuando salió disparado del vientre de su madre, no quería abandonar ese sitio tan cómodo y acuoso, el plazo perentorio había llegado.

Ninguna droga es más efectiva que la adrenalina, me acosaron instantes de desconfianza y desasosiego: el anestesiólogo presionó con su obesidad los nueve meses de panza de mi mujer para expulsarlo a él de su edén, su fuerza fue tan intensa que el medidor de ritmos cardíaco se le zafó del dedo a ella y la terrible línea plana y el pip constante aparecieron en la pantalla, ella estaba viva ¿y él?

A él el pediatra lo recibió experimentado envolviéndolo en toallas para sacarle las flemas de la garganta. Vino el primer llanto, suficientemente traumática había sido su transición hacia a la vida como para que le estuvieran fastidiando con tamices neonatales, circuncisiones y exámenes de rutina.

Luego ella lo estrechó en sus brazos, pobre, había quedado aplastada y sudorosa por el esfuerzo, bastante certero es el dicho que afirma que madre solo hay una, llevar cargado a alguien dentro durante nueve meses fomenta amores y complicidades, por eso los padres somos seres accesorios, personajes secundarios que debemos asumir nuestro papel día con día.

Eso sucedió una madrugada de enero de hace 12 años 6 meses y 11 días, su nacimiento coincidió con el cumpleaños de uno de mis hermanos más queridos, conjunción de fechas que ha sido recurrente en mi familia.

Hoy él ya creció, aunque siempre será mi pequeño, está en el umbral de descubrir las verdades, se acerca a la conocida edad del perro, preadolescencia súbita en la que se atiborran las dudas, ese barroco inhóspito de interrogantes.

Debo hablar con él, de las transformaciones naturales, del desconcierto de la testosterona, de que habrá días en que nadie lo comprenderá y de que se percate de la existencia de esos enigmas redentores que son las mujeres.

Es en este tiempo de androginia declarada cuando él pondrá a prueba mi calidad como padre, escarbo entre las sombras por si se asoma algún recuerdo de lo que yo viví a esa edad, y de entrada aprendí en la calle lo que no me enseñaban en casa, colegio pedestre que esculpe el carácter con el cincel de la práctica.

Él, al igual que yo, estudiamos en escuelas con orientación católica, en las que se vive entre algodones, éstas son ínsulas ideales en las que se estimula la soberbia como forma de vida, sin embargo, sus métodos de enseñanza son infinitamente superiores a la instrucción pública.

Yo, a semejanza de él, crecimos en hogares henchidos de amor y respeto a la individualidad, a ambos nos resulta fácil el aprendizaje. No pretendo imponer sino orientar, la represión siempre produce el efecto contrario.

En este andar sobre el pantano contemplaré sus pasos, lo sujetaré del cuello y los hombros cada vez que se caiga, espero equivocarme lo menos posible.

Gabriel Otero

19 de julio de 2011

COCA COLA

PALABRA DE CÍCLOPE

John Pemberton, creador de la bebida que en sus inicios tenía propiedades medicinales y extracto de hojas de coca, jamás imaginó que sus aguas curativas de cólicos y jaquecas fueran una de las insignias del poder de una nación.

Sí, la coca cola, el famosísimo refresco burbujeante que es la chispa de la vida, la demoledora de dentaduras y la invitada perenne en cualquier mesa de caseríos, aldeas, villas, pueblos y ciudades es la pionera de la globalización.

Inventada en 1886 en Atlanta y distribuida actualmente en 200 países, la fórmula original de la coca cola es uno de los secretos escondidos bajo siete llaves, algo así como el tesoro de Moctezuma o la virginidad de María.

De los casi ocho billones de habitantes en el mundo, excluyendo a los bebés, muy pocos pueden presumir de no haber consumido nunca la gaseosa estimulante de la felicidad y de permanecer impolutos ante las “aguas negras del imperialismo yanqui”, mote puesto de moda por los románticos perseguidores de utopías en la época en que las revoluciones estaban a la vuelta de la esquina.

Y en nuestro México lindo y querido, adoramos tanto a esta bebida que hasta tuvimos a un presidente que fue director de dicha compañía, sujeto caricaturesco del que lenguas bien informadas afirman que durante su inquilinato en Los Pinos bebía coca cola con prozac en ayunas.

Y como en nuestro país nos subyuga lo colosal, cada uno de nosotros saboreamos anualmente 135.8 litros de coca cola, cifra que se torna espeluznante cuando la multiplicamos por 100 millones y más aún cuando le agregamos el precio. Eso sí, nadie nos quita ni lo obesos ni nuestro primer lugar mundial como consumidores triple A.

“Have a coke and a smile” clamaba el grandioso anuncio televisivo para que todo el mundo lo pregonara: políticos, empresarios, estudiantes, empleados, soldados y policías. Y que cada quien tomara una pausa y se refrescara el sudor y borrara, por lo menos un ratito, el tedio de lo cotidiano. Porque la vida seguramente sería más aburrida sin coca cola.

Gabriel Otero