10 de octubre de 2010

MARIO VARGAS LLOSA, LAS TRAVESURAS DEL ESCRIBIDOR

PALABRA DE CÍCLOPE


La obra de Mario Vargas Llosa, nacido en Arequipa, Perú, en 1936, puede dividirse en dos etapas: la primera abarca desde el libro de relatos Los Jefes (1959) hasta La Tía Julia y el escribidor (1977), y la segunda desde la obra de teatro La Señorita de Tacna (1981) hasta la novela Travesuras de la niña mala (2005).

Esta división, completamente arbitraria, se ha establecido bajo la óptica del análisis estructural aderezado con tintes biográficos, factores extraliterarios que desde luego condicionan la forma de narrar y las historias que se narran.

Controvertido hasta la médula y provocador por convicción, la vida de Mario Vargas Llosa siempre ha estado envuelta en la polémica, intelectual de primera línea, poseedor de una pluma versátil, orfebre de la palabra en su esencia más pura, es narrador, ensayista, articulista y dramaturgo.

Aún hay quien recuerde su escaramuza verbal con el crítico Ángel Rama cuando afirmó que “la literatura es fuego” al recibir el premio Rómulo Gallegos por La Casa Verde, o su ruptura con la Revolución Cubana cuando un grupo de intelectuales le dirigió una carta pública al caudillo Fidel Castro exigiendo la libertad del escritor Heberto Padilla.

Su andanza más reciente fue su visita a Venezuela cuando el Presidente de ese país Hugo Chávez, en una bravuconada típica de militares lo retó a él y a otros intelectuales a un debate que nunca se llevó a cabo.

Chávez, argumentó, habitar en otra liga: el Olimpo de los estadistas, sitio ajeno a cualquier creador desde que Vaclav Havel, célebre escritor checo, contribuyó a la separación de Checoslovaquia en dos repúblicas, la realidad es que el ejercicio del pensamiento no ha sido la práctica usual para quien escoge la milicia como forma de vida y hubiese significado un enfrentamiento desigual y patético.

Años antes Vargas Llosa demostró públicamente su empatía con Vicente Fox, Presidente de México de 2000 a 2006, mismo que llamó “Borgues” a Borges, por lo que la bancada de senadores y diputados priístas y perredistas pidieron la aplicación inmediata del artículo 33 constitucional para ese escritor perniciosamente metiche, y además reincidente, que hacía décadas había calificado al sistema instaurado por el PRI como “la dictadura perfecta”.

Vargas Llosa, peruano por accidente y nacionalizado español gracias a Alberto Fujimori, publicó su primer libro Los Jefes en 1959, siguió con La ciudad y los perros (1963) donde recreó magistralmente la vida e historias de los cadetes de la Academia Leoncio Prado. Los militares, indignados, emprendieron la quema pública de dicha novela convirtiéndose en sus mejores publicistas.

Siguieron la publicación de La Casa Verde (1966), Los cachorros (1967) Conversación en la catedral (1969), García Márquez: historia de un deicidio (1971), Pantaleón y las visitadoras (1973), La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary (1975) y La Tía Julia y el escribidor (1977).

La característica principal de esta primera etapa de la obra de Mario Vargas Llosa se refiere a la estructura narrativa al entretejer muchas historias dentro de una misma novela, lo que resultaba en un mosaico rico en matices y voces, algo novedoso en la literatura latinoamericana.

Vargas Llosa formó parte de una brillante generación de narradores influidos por la corriente existencialista de Jean Paul Sartre y Albert Camus y por los estilos de William Faulkner y Ernest Hemingway.

El llamado “boom latinoamericano”, integrado por Gabriel García Márquez, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa, que tuvieron en común además de la amistad a Carmen Balcells como agente literario, fue un fenómeno de difusión y de ventas, la nueva literatura se despojó de temas costumbristas y de lenguajes locales para expresar lo urbano y lo mágico como sustancia de lo cotidiano.

París y Barcelona eran las sedes del “boom” que se convirtieron en lugares de residencia de Vargas Llosa donde estudió el doctorado en letras y se relacionó con la vanguardia del pensamiento, sitios en los que se palpaba el afán de modificar el status quo como producto de las ondas expansivas de la Revolución Cubana y el desencanto originado a partir del nuevo orden mundial y su bipolaridad.

Sus detractores que eran legión, no solamente cuestionaban sus temas y personajes, también lo hacían con su vida: la visión y la praxis de un escritor clase mediero que había crecido en Miraflores, un barrio acomodado de Lima, Vargas Llosa era transgresor de la moral revolucionaria por haber practicado las desviaciones pequeño burguesas del incesto al casarse con su tía para luego divorciarse y hacerlo con su prima, sin importar de que ambos parentescos fuesen en tercero, cuarto o quinto grado.

Pero al mismo tiempo, el sargento Lituma, Pichulita Cuellar, Pantaleón, la Chunga y la selvática, por mencionar algunos personajes, se transformaron en sujetos de tesis académicas y de interpretaciones ensayísticas desde perspectivas muchas veces opuestas.

En La Tía Julia y el escribidor la ficción rebasó a la realidad, muchos lectores pensaron que la novela era una biografía disfrazada, nadie más que su autor podría aclarar que esta narración fue “la verdad de las mentiras”.

Con la aparición de La Señorita de Tacna (1981) Mario Vargas Llosa incursionó en el teatro, la experiencia resultó tibia porque ser un extraordinario narrador y conocer perfectamente las técnicas para contar historias no implica convertirse en buen dramaturgo.

Ese lapso fue uno de los más cuestionados en la vida y obra de Vargas Llosa, gozaba de un estatus envidiable al ser reconocido como un lúcido y talentoso escritor pero pregonaba abiertamente su admiración por las propuestas de libre mercado de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, lo cual resultaba ofensivo para muchos, en un mundo marcado por las transgresiones a las soberanías nacionales.

Cabe recordar las guerras civiles en Nicaragua y El Salvador, el conflicto por las Malvinas entre Inglaterra y Argentina, la invasión de Granada y el bombardeo de Tripoli en Libia, crisis fomentadas en gran medida por el expansionismo armamentista y comercial del libre mercado y el miedo al comunismo en el traspatio.

La defensa de lo que Vargas Llosa consideraba como “libertad” le restó una cantidad considerable de lectores, su legión de críticos lo calificaban de “vendido” y “reaccionario” sobre todo cuando tildó de “cortesanos” a los intelectuales amigos de Fidel Castro afirmación que llevaba una especial dedicatoria al escritor colombiano Gabriel García Márquez al que literalmente había derribado de un puñetazo años antes en circunstancias inciertas.

El poeta Mario Benedetti salió a defender a García Márquez en otra polémica memorable que se publicó en la Revista Vuelta dirigida por el poeta Octavio Paz, fue un encuentro entre maestros de esgrima que acabó con “un amargo sabor de ceniza” en la boca de Vargas Llosa.

A principios de la década de los ochenta y en un periodo de seis años, Vargas Llosa publicó La Guerra del Fin del Mundo (1981), Entre Sartre y Camus (1981), Contra viento y marea (1982), Kathie y el hipopótamo, Historia de Mayta (1984), La Chunga (1986) y ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986).

Durante el primer periodo presidencial de Alán García, Vargas Llosa regresó a Perú que padecía los ataques de la hiperinflación y del grupo terrorista de Sendero Luminoso.

Alán García estaba por declarar su famosa “moratoria” en la que el país pagaría el equivalente al 10 % de sus exportaciones al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial. Vargas Llosa se perfiló como su principal opositor y en 1990 se postuló como candidato a la presidencia.

De 1986 a 1989 Vargas Llosa publicó El Hablador (1987) y El elogio de la madrastra (1988) en esta novela experimentó con la literatura erótica, un género siempre subestimado por la crítica pero que es platillo para sibaritas.

Y por enésima vez fue epicentro de ataques, al recrear las aventuras carnales de una madrastra con su hijastro, una historia simple contada por un maestro narrador. Los apetitos son saciados cuando se tiene la vida resuelta. Esta temática la continuaría en Los cuadernos de Don Rigoberto (1997).

El libro fue publicado por Tusquets, editores catalanes que se habían hecho famosos por sus colecciones de poesía y por el concurso “La sonrisa vertical”. En esos tiempos la editorial era referente de la literatura exquisita.

Vargas Llosa, estaba entonces en el pináculo de su popularidad, férreo opositor de las posturas políticas y económicas de Alan García que asfixiaban a Perú, fue postulado como candidato presidencial por el Frente Democrático (FREDEMO) que coaligaba diversos partidos de centro y derecha. Las elecciones se celebrarían en 1990.

Había muchos cambios en el planeta, la Perestroika culminaría con la caída del Muro de Berlín, los países de Europa Oriental estallaban en llamas intestinas por el retiro de los soviéticos de sus territorios, el comunismo se moría de inanición.

En Nicaragua los Mercedes Benz “habían dejado de ser una tentación” y los Sandinistas se preparaban para ganar otras elecciones hasta que se enfrentaron con Violeta Barrios de Chamorro, en El Salvador la derecha, impredeciblemente había asumido el poder y la guerra ahora sí llegaría a las calles de San Salvador durante la ofensiva de noviembre de 1989.

Fue una época de grandes transformaciones, Mario Vargas Llosa era favorito para ganar la presidencia pero no logró captar la mayoría de los votos por lo que tuvo que irse a segunda vuelta en donde fue superado por Alberto Fujimori, un completo desconocido que había sido apoyado inicialmente por evangélicos y después por partidos de izquierda.

En El pez en el agua (1993), Vargas Llosa relata esos momentos de incertidumbre cuando decide retomar su oficio literario y su partida a España días después de su lance político.

Vendrían años de reconocimientos, Vargas Llosa ha ganado todos los premios posibles con excepción del Nobel (1) y de novelas igualmente brillantes y enriquecedoras.

Con Lituma en los Andes (1993) Vargas Llosa vuelve a su oficio de novelista y resucita un personaje que lo ha acompañado en muchas de sus historias: el cabo Lituma, ascendido a sargento por su larga hoja de servicios a la patria.

Según la lupa de los críticos, Vargas Llosa juega con sus personajes sin que exista concordancia con el plano temporal real. Lituma aparece en La Casa Verde, Historia de Mayta y ¿Quién mató a Palomino Molero?, editados años antes. Con este libro gana el Premio Planeta y se posiciona como uno de los escritores más versátiles en castellano.

En Perú, el victorioso Alberto Fujimori, de origen japonés, disuelve el parlamento, promulga una nueva constitución y se auto otorga poderes omnímodos para gobernar a sus anchas.

Vendría la captura del líder de Sendero Luminoso Abimael Guzmán que fue humillado públicamente al ser exhibido en una jaula vistiendo el traje de rayas de los presidiarios.

En 1994, Vargas Llosa se nacionaliza español sin renunciar a su ciudadanía peruana y con su columna “Piedra de toque”, publicada en el diario “El País” de España y en más de veinte países, continúa actualmente expresando su aguda visión sobre temas políticos y literarios.

En esta década la obra ensayística y dramatúrgica de Vargas Llosa es extensa, no así la novelística. De 1990 a 2000 publica los libros de ensayo: La verdad de las mentiras: ensayos sobre la novela moderna (1990); Carta de batalla por Tyrant Loblanc (1991); Desafíos a la libertad (1994); La utopía arcaica. José María Arguedas las ficciones del indigenismo (1996); Cartas a un joven novelista (1997); las obras de teatro: El loco de los balcones (1993); Ojos bonitos, cuadros feos (1996); el libro de memorias: El pez en el agua (1993); y las novelas: Lituma en los Andes (1993); Los cuadernos de don Rigoberto (1997); y La Fiesta del Chivo (2000).

En Los cuadernos de don Rigoberto compuesto por una serie de relatos imaginarios cuyo autor es don Rigoberto, uno de los protagonistas junto a Fonchito y la imagen omnipresente de la madrastra, expulsada de la casa familiar por su incesto, obedecen a una secuencia contrapunteada con personajes de obras de arte en las que se exalta lo erótico como elemento distractor y único en la cotidianeidad.

La celebración del sexo como un homenaje a la vida, la fiesta del alma y los poros aderezados con el humor característico de Vargas Llosa. Con esta novela recuperó gran parte de sus lectores latinoamericanos que habían dejado de adquirir sus libros en la década de los ochenta.

La Fiesta del Chivo (2000) representó la reconciliación absoluta del escribidor con los seguidores de utopías, al narrar la decadencia del típico dictador latinoamericano, Leonidas Trujillo, que en pleno ejercicio de sus excesos, viola a la hija de uno de sus más cercanos colaboradores: Urania Cabral la hija de “Cerebrito” Cabral.

Leonidas Trujillo, Presidente de la República Dominicana de 1930 a 1961, es recreado por el novelista como un personaje incapaz de sudar en los calores tropicales, además de padecer incontinencia de la uretra, mal físico usual en las personas de edad avanzada. Trujillo “el Benefactor de la Patria” había cambiado el nombre de la capital Santo Domingo a la de Ciudad Trujillo como una deferencia mínima por sus servicios, tal como lo hizo Josif Stalin con Stalingrado en la Unión Soviética.

Vargas Llosa, hace gala como siempre, de sus dones de prestidigitador de la palabra al mezclar como mínimo dos historias principales que se encuentran como telas de araña: la violación de Urania Cabral narrada en retrospectiva y la conspiración que culminó con el fallido golpe de estado.

Como ambiente se describen las entrañas del sistema, la podredumbre reinante en la isla, un lugar donde los chivatos hacen de las suyas como en cualquier dictadura.

En El Paraíso en la otra esquina (2003), Vargas Llosa cambia radicalmente de tema y cuenta parte de la vida de Flora Tristán, una de las principales luchadoras sociales del siglo XIX, cuya vida termina en Perú y que es abuela de Paul Gaughin (1848-1903), uno de los pintores franceses más influyentes de los inicios del siglo XX que deja a su familia y su posición acomodada para viajar a Tahití y envejecer entre los aborígenes. Las historias se enlazan y tienen un carácter simbólico en el que se plantea la tensión entre el progreso y la vuelta a lo primitivo.

Esta novela fue subvalorada por la crítica luego del éxito de La Fiesta del Chivo, juicios que desde luego no influyeron en el común de los lectores al sembrar el interés por conocer más de la vida y obra de Gaughin como el tatarabuelo de la corriente naif que estuvo en boga en la pintura de finales del siglo XX.

En 2005, Vargas Llosa publica Las travesuras de la niña mala volviendo en esta a las tramas íntimas al recurrir a la historia de los amores personales porque ¿quién no ha tenido relaciones tormentosas? mujeres-demonios que nos persiguen como ángeles hasta el fin de nuestros días, hembras monumentales y destructoras, diosas-cadáveres que siempre resurgen de las cenizas.

En la actual década Vargas Llosa se ha dedicado más a escribir libros de ensayos y a recibir una veintena de doctorados Honoris Causa otorgados por universidades de todos los continentes.

Sin embargo, nada supera el reconocimiento que le brindamos sus lectores, el diálogo individual que nos permite descubrir las travesuras del escribidor.

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(1) Mario Vargas Llosa finalmente ganó el Premio Nobel en octubre 2010.

(Agosto 2000, julio 2009)

Gabriel Otero

EL SEISA

PALABRA DE CÍCLOPE



¿Qué surgió primero el burdel o la funeraria?, los dos se llamaban Seisa y estaban uno frente al otro, en uno se celebraba la carne y en la otra se lloraban las ausencias, se ubicaban a cincuenta metros de la Alameda Roosevelt y ocupaban casas viejas, sitios de techos altos con jardines centrales, albergues amplísimos construidos a la antigua, pensados para grandes familias cuando poblar la tierra se tomaba al pie de la letra.

La infancia es audaz, de niño se es sordo ante los peligros, conocí ambos lugares a los ocho años, en la funeraria nos metimos en un ataúd con el anhelo de imaginarnos más allá que acá, cabíamos dos en el rectángulo de madera uno en cada extremo, la muerte era transitoria, los brazos cruzados sintiendo el palpitar de la vida en la mano derecha, no había nada que pensar, solo reírse, carcajearse, de la inmovilidad.

Al burdel fui incidentalmente y no para practicar artes precoces, en su estacionamiento descubrimos el tesoro: una caja de cartón que había servido para empacar un congelador, la requeríamos para fines prácticos, era un navío que tripularíamos sobre una pendiente de pasto de setentaicinco grados de inclinación. Sacamos el armatoste con la anuencia del vigilante.

Son fútiles las palabras que afirmen que sólo pudimos utilizar el navío una vez, olas de tierra y grama perforaron su casco y sus tres tripulantes, el más alto de nosotros medía uno cuarenta metros, estuvimos a punto de partirnos la cabeza a la mitad de la travesía, pero el conocimiento del terreno nos permitió sortear bucles y cascajos.

Tres mil días después, en el ejercicio de mis facultades hormonales, asistí a la casa de citas tres veces más: la primera, con mi hermano del alma, él, generoso, invitó los tragos, las putas y el hotel, no faltaba más para vivir historias de amor efímeras.

Ellas son sinceras, a lo que van, se abren de piernas para subastar el lenguaje universal: “apúrate rey que el tiempo es dinero”, quince minutos es lo lacónico, treinta minutos lo irritante, dos horas lo normal y la noche entera es la perversión.

Me enamoré de la ternura de Rozanna, así escribiéndolo con zeta y con doble “n”, todo fue muy simple, me hizo creer ser el último amante en el abismo, el agua secando desiertos, un hombre y una mujer comiéndose a pedazos en un motel camino al puerto de La Libertad.

La segunda ocasión llegué solo como todo un vaquero, un buscapleitos empedernido, con la típica cara retadora del “¿qué me ves?” a plantarme en la barra y a esperar. Los borrachos hablaban de piernas y posesiones, con pretextos y gesticulaciones porque tú “eres mía mientras yo te pague”, “obséquiame un poco de tu interés y te invito otro trago”. Esa vez me metí con Birmania, una sílfide del trópico con el pubis rasurado, ella ni se movía, esperaba con hartazgo la inundación inevitable de los frotamientos, aséptica y profesional me preguntó si había terminado.

La tercera, fue la más memorable de todas, cualquiera hubiese pensado que estaba en otra parte y no en un burdel, todo inició con un vil coqueteo, pronto supe que se llamaba Lluvia Sol, puta fina y estelar que resultó amante de un miembro de la tandona porque los milicos siempre tienen su parnaso en los bajos mundos.

Y Lluvia Sol resultó una habilísima conversadora que no tenía ninguna necesidad de habitar en lo sórdido sino que la ninfomanía, la enfermedad de la insatisfacción, la obligaba a agotar sensaciones.

Era un estuche de monerías, mujer de mundo, bailarina de belly dance que resucitaba a los muertos, ella fue por mucho una de las mejores amantes que he tenido.

Hoy ya no existen ni la funeraria ni el burdel, la funeraria quebró poco antes de que iniciara la guerra y el burdel vivió sus momentos cumbres cuando todos buscábamos comprar amor.

Gabriel Otero

EL REINO DEL PÁJARO Y LA NUBE

PALABRA DE CÍCLOPE


Fotografía de Roberto Estrada


Las alturas son sólo nuestras evasivas para recordar los versos de Alfredo Espino, un poeta ahuachapaneco que murió a los 28 años y que con sus Jícaras Tristes subyugó a todo a un país al que le habló al oído susurrándole lo sabido pero lo no dicho, las oraciones cantadas al territorio en el que uno nace, porque de la vista siempre nace el amor y de la palabra brota la memoria.

Al oriente de San Salvador se asoma el Cerro de San Jacinto, un promontorio de tierra y árboles, sin agua a sus alrededores, adonde dicen los más viejos, existió un burdel famoso y mítico en el que se curaban los ímpetus del cuerpo: El Pájaro Azul. Desconocemos si la madrota de la casa de citas se haya inspirado en uno de los cuentos de Azul de Rubén Darío para bautizarlo con ese nombre o si hacía alusión al sexo del hombre caracterizándolo con colores audaces, anhelos ocultos o proyecciones falocéntricas precoito pensarían los perversos.

Muchos años después, para ser precisos en 1977, se inauguró en la cumbre del cerro un parque de diversiones de grata recordación para varias generaciones: El Teleférico San Jacinto. Su creador Antonio Bonilla supo regalarnos a los niños de entonces, las imágenes y experiencias para atesorarlas toda la vida.

Bueno, el costo de la entrada no era un obsequio: siete colones los adultos y cuatro los niños. Pobre de mi madre, la fastidiaba días enteros para que me llevara, las dos torres, una de ellas torcida por la geografía, y la galera atisbadas en la lejanía eran realmente un enigma que debíamos descifrar.

El teleférico fue otra de mis fijaciones, sustraía los binoculares Bushnell de mi padre y los secuestraba a la caseta del parque para percibir algún movimiento en lo que se sabía inerte, pero la perseverancia a veces tiene sus premios: vi góndolas ascendiendo a su cúspide, distinguir sonrisas o gente asustada a la distancia era mucho pedir.

La tonadilla “ven y sube al reino del pájaro y la nube” ha sido una de las más acertadas en la historia de la publicidad en El Salvador, venir era la invitación a lo nunca visto y subir a un reino ignoto y mágico sólo para soñar.

Hasta que por fin llegó la tarde en que fuimos mi madre, mi hermano, su novia y yo, abordamos el funicular que se detuvo a cien metros del suelo, elevación suficiente para descuartizarse. Mi madre reía nerviosa como diciendo “a ver cuando te vuelvo a hacer caso mono baboso” y la novia de mi hermano, una de las de la colección, que hablaba francés, inglés y alemán preguntaba coman sava? Tres bien mon cheri, le respondía le petit Gabriel sin saber ni jota de lo dicho.

Y ahogado el miedo subimos, la visión era espectacular, las pupusas algo tibias y caras, las botargas de la perica y el conejo predecibles, el tren y los juegos panorámicos lo que valía la pena.

Y el viaje de bajada en el teleférico fue otro cuento, una estampa de los que vivimos alguna vez en lo que se llamó el reino del pájaro y la nube. Un espacio entre el aleteo del torogoz y el cielo que nos cubre, un retazo especial de la memoria.


Gabriel Otero

INTERROGATORIO

PALABRA DE CÍCLOPE


¿Has pensado a qué genio se le ocurrió diseñar las portadas de tu pasaporte resaltando la pequeñez del territorio en el que naciste?, poco les faltó colocar un texto indicando la longitud y la latitud, los paralelos y meridianos para facilitar las deportaciones, enorme estupidez en un país que produce indocumentados al por mayor.

¿A quién le interesa de dónde provengas? Sí, a la migra, la temible, la colmilluda, la corrupta, la que te extorsiona, la que te exprimirá cada centavo de la billetera.

Eres del sur pero no tanto, el Istmo de Tehuantepec nunca fue tu tierra aunque se parezca, ¿Salvador? pinche pueblo bicicletero, dime, ¿quién es el padre de tu patria?, ahora resulta que te hacías pasar por jarocho.

Tú eres mara enséñame tus tatuajes, tradúceme el lenguaje de tus manos, no te hagas guey, saliendo de allá, o sea de tu rancho, no hay absolutamente nadie que te proteja, eres parte de los jodidos más jodidos, algo entre haitiano y nigeriano o quizá menos: biafrano, somalí es demasiado sofisticado, tú eres habitante del subsuelo, un estado inferior cercano a los monos, los infrajodidos que se roban tambos de gas y tuberías en Cuautitlán.

Sí, aunque no lo creas, el cobre se paga caro, hay estadísticas de paisanos tuyos que logran llegar al norponiente de la Ciudad de México y que mueren calcinados por el hambre y las llamas.

No te hagas ilusiones ya te capturamos, si no somos nosotros son los otros, que son cuates nuestros, dinero mata autoridad pendejo, o lo que es lo mismo acá mandan los rostros de Hidalgo y mejor aún los de ese viejito pelón con lentes, los dolarucos que nunca pasan de moda.

¿Quieres que le llame a tu embajador?, esos cabrones, los diplomáticos, se la pasan en cocteles y recepciones, tú no existes para nadie, ¿le hablamos a tus parientes en Los Ángeles?

Más les vale que azoten los billetes o te mueres, ¿ves ese terrenito donde se cagan las gallinas? Ahí quedarán tus huesos porque sólo te regalaremos un tiro en la cabeza y te rociaremos gasolina para que no apestes.

Hijo de tu puta madre, quieres pasar por mi país sin pagar peaje, este es tu purgatorio, tu peor pesadilla, si sales de ésta haz de cuenta que volviste a nacer.

Acá soy tu Dios o de perdis tu San Pedro, no chilles puto, sé macho ¿quieres que te castremos de a grapa cortesía de la casa?

Gabriel Otero