25 de agosto de 2010

ELLA Y EL MAL DE AMORES

PALABRA DE CÍCLOPE




Me trataba con cariño, ella, blanca, risa brillante, pelo negro en capas, ojos sonrientes escrutadores, voz suave, curvaturas apabullantes en pleno aumento, vivía a tres calles de mi casa y la pretendían los más grandes.

Me veía como su hermanito menor, lejos de sus atracciones y muy cerca de sus simpatías, yo no sé en qué momento me nació el amor, me fascinaba, la miraba pasar con la falda cuadriculada de la Asunción, siempre me saludaba diciendo adiós con el inconfundible cierre de manos que se les enseña a los bebés.

Ella estaba en la edad de los vahídos, cuando las niñas se asumen como mujeres y atraen ojeadas de asombro de sus amigos y admiradores y otras no muy sanas de algunos adultos.

Crecimos en la misma colonia, un vago como yo nunca hacía las tareas del colegio, daba flojera aprenderse las fichas de estudios sociales de la madre María Guillermina y repasar matemáticas o naturales, el chiste era no reprobar y aplicarse cuando había que hacerlo, la ley del mínimo esfuerzo en su máxima expresión.

Ella, en cambio, era el primer lugar de su salón, niña de medallas y de los ojos de sus papás, la consentida y primogénita de tres hermanas, exquisitas todas, pero ella única.

Me la pasaba jugando fútbol por las tardes en el parque, al principio por la motivación de llegar a la primera división, después para captar el momento justo de su llegada, puntual como los escuadrones de pericos que surcaban el cielo regresando de la costa una hora antes de que el sol se ocultase.

Ella era cuatro años mayor que yo, diferencia abisal entre la mariposa y la oruga, tiempo transcurrido entre el que apenas va y la que se va volando, pero no importaba, en la niñez y en la obsesión no hay imposibles. Debía declarármele cuanto antes.

Pasaron meses de ensayos frente al espejo, contemplaba mis gestos, serenaba mis temblores, apaciguaba los nervios y pronunciaba cada sílaba del “quieres ser mi novia” convencido de que aunque no era muy alto sí era muy formal, un futuro consorte de lujo sin vocación alguna más que la de jugar fútbol.

Y llegó el día de las verdades, no hallaba cómo abordarla ni qué decirle, la improvisación sudaba en las manos, se me escapaba el lenguaje y el color de la cara, hasta que por fin hablé ansiando envejecer ocho años en tres minutos.

Le pregunté lo que debía preguntarle, ella era el remedio a mis cuitas, el alfa y el omega de mi alma, el pensamiento que devoraba mi tiempo, la amaba impetuoso desde mi niñez.

Y sucedió lo previsto: tierna me contestó que no, que seríamos amigos, que yo estaba muy pequeño, que me agradecía haberme fijado en ella. Y se fue.

Jamás la volví a ver y me curé del mal de amores, esa enfermedad de la que se padece pocas veces en esta vida.

Gabriel Otero

ÉRAMOS CÁNDIDOS CASI PRIMITIVOS

PALABRA DE CÍCLOPE

Fotografía de Parque Tim


No es por abaratar la nostalgia pero San Salvador hace 40 años era un lugar decoroso para vivir, la ciudad descubría sus alrededores y la avidez predatoria no estaba tan marcada como hoy, el costo de la subsistencia se percibía en centavos y los salarios no superaban los centenares de colones.

De niños éramos cándidos casi primitivos, nos sentíamos a gusto con lo simple, las colonias donde residíamos las rodeaban lomas y llanos, la capital era contradictoriamente campestre, pintoresca, en algunas calles se veía pasar carretas y por las noches se oían el pitido del sereno y a los gallos desgañitarse desde la hora prima extrañando el amanecer.

Nuestras diversiones eran elementales y algo salvajes: subirnos a los árboles de mango y hartarnos de sus deleites; provocar a pedradas la ira de iguanas verdes que se asoleaban en los techos; organizar peleas de zompopos de mayo; rastrear sapos gigantescos en las alcantarillas en épocas de lluvias, estos escupían un líquido espeso como sistema de defensa; e irnos de expedicionarios a los barrancos y túneles y regresar a la superficie llenos de tierra hasta los ojos.

No se necesitaban niñeras en los parques, sólo las requerían los infantes a los que apenas les salían los dientes, pero para ellas estos lugares eran edenes, breves espacios en los que se encontraban amores. Nosotros éramos hombrecitos a los siete años para colgarnos del satélite metálico, una rueda con asientos que giraba a empujones en la que nos extasiábamos hasta el vómito.

En los parques jugábamos pecado, mica, ladrón librado, escondelero, chibolas, trompo, capirucho, yoyo, fútbol y básquetbol, había torneos entre equipos de las cuadras y nunca faltó la imaginación para marcar goles inexistentes y celebrar triunfos épicos de último minuto.

En el juego de pecado casi siempre perdía el Chele Fracaso al que fusilábamos con saña y una pelota de tenis, como dolía perder y no solo por los pelotazos, las burlas calaban el ánimo y la autoestima.

Las vacaciones eran largas y comenzaban justo con los vientos de octubre, la única temporada en que usábamos suéteres y que podíamos pasar todo el día en la calle, los peligros resultaban anómalos, no había preocupaciones ni precauciones, las puertas de las casas permanecían abiertas de par en par sin que algún intruso se metiese.

El primer muerto que vimos fue todo un acontecimiento, la noticia corrió entre nosotros como la rareza del momento, él era un señor al que le había dado un infarto al querer alcanzar un mamey, el cadáver estaba subido en el árbol abrazando su tronco a cinco metros del suelo.

Su fallecimiento fue dulce como nuestra infancia, ignorábamos que vendrían periodos oscuros y de mucho dolor. Algunos pudimos partir, otros agonizaron en la ortodoxia y naufragaron en el odio y los demás murieron buscando el horizonte.

Como ha empeorado todo desde entonces que ya ni nos acordamos de nuestros nombres.

Gabriel Otero

10 de agosto de 2010

POBRECITO PAÍS EL NUESTRO

PALABRA DE CÍCLOPE


Fotografía de Michael Sholten


Vivir en El Salvador es para pensarse no una, dos, sino varias veces, muchas, ahí el tiempo se paraliza y la savia se consume a fuego lento, tanto, que hay que salirse de cuando en vez a bañar en agua fría las ideas y el resuello, ahí todos tienen el riesgo de calcinarse.

No se escoge donde se nace pero sí donde se vive, y así ha llegado una cantidad notable de extranjeros al país que han sembrado y cosechado vidas dignas de ser recordadas, porque algunos muertos dejan obras, grandes o chicas, y otros sólo imágenes en álbumes familiares.

¿Qué les atrajo?, lo que no vemos los que nacimos ahí, lo que confundimos con el aire, el refugio estrepitoso entre volcanes, una parcela mínima para perpetuarse, la inmunidad propia de los extraños a las ponzoñas de la lengua.

Y nosotros creemos que se quedaron porque les cautivó el paisaje, que ciertamente por amor u odio, o ambos, lo distinguimos único y privilegiado, aunque la naturaleza es hostil con quien no esté familiarizado: mosquitos prehistóricos alimentándose de pieles transparentes y sus ronchas como cráteres, lluvias huracanadas efímeras arrasando ramas y ventanas, ardores tropicales cercanos al mismo infierno y letanías de chicharras o cigarras acosando al tímpano en Semana Santa.

Se llega a vivir en El Salvador porque ahí se tienen parientes o se buscan contratos globales o se pregonan causas perdidas ¿quién vendría a un paisito extraviado en el mapa que es mundialmente conocido no por sus personajes, estadistas o riquezas naturales sino por sus matanzas y conflictos?

¿Quién llegaría a un lugar donde el respeto por la vida se dilapidó en el verdor? ¿Qué osado discutiría con interlocutores sordos quienes solo escuchan la voz de sus vísceras y sus intereses? ¿Qué atracción puede causar un lugar donde se le rinde culto a la amenaza?

Pobrecito país el nuestro plagado de políticos iluminados que leen sus siete minutos diarios de La Biblia para sentirse pletóricos de valores divinos, y que nosotros la sarta de oligofrénicos gobernados no entendemos ese mensaje tan prístino y tan obvio que la verdad refleja.

Pobrecitos los que llegan porque no saben a qué vienen, pobrecitos los que se quedan porque no pueden irse aunque quieran, pobrecitos los que amamos y odiamos al país porque no tenemos salida.


Gabriel Otero