27 de julio de 2010

NO ES CERRO, ES VOLCÁN

PALABRA DE CÍCLOPE

Volcán de San Salvador, Fotografía de Arturo Treminio


A la distancia lo evoco nítido, altivo, queriendo mimar las nubes mientras carga sus mil 900 metros sobre el nivel del mar, duerme en paz pero suspira y cuando lo hace se siente en todo el país.

De cerca su orografía es cubista, no es el típico cono simétrico irruptor del paisaje, se desparrama hacia los cuatro puntos cardinales para compensar lo que le falta de altura.

No es cerro, es volcán, con imaginación se puede avistar un hombro y una mano de árboles y quebradas emergiendo de la tierra, son como venas por las que circula su orgullo, es un tanto exhibicionista porque él se sabe emblema de la ciudad capital.

De lejos parece una mujer recostada, no es la famosa Iztaccihuatl que presume sus caprichos y tamaños, todos los volcanes tienen su lado femenino, por lo menos los que se expanden, sus cúspides suelen resaltar curvas e inclinaciones, siluetas familiares reposadas a la vista.

Era 1917 cuando escupió su lava del otro lado, cerca de Quezaltepeque, los oriundos de ahí lo adoptaron como su volcán tal vez por abrigar su calor o por ver como el fuego se convierte en roca. Asunto de visiones y propiedades, para ellos es el Volcán de Quezaltepeque, para los demás, o sea todos, y los que vivimos de este lado es el Volcán de San Salvador.

No se parece en nada al Cerro Verde o al Volcán de Izalco, ni al Chichontepec o al de Santa Ana, es tres veces más alto que el volcán más pequeño pero es cuatro veces más pequeño que el volcán más alto del mundo.

Muchos crecimos contemplando sus resplandores, sabíamos que estaba ahí, su magnificencia a la vuelta de la esquina, subir al picacho o bajar al boquerón y comer moras y frambuesas con un toque de azufre era el paseo sabatino o dominical.

Han pasado tantas noches desde que en su cumbre se leía el letrero luminoso de Vifrio, ¿cuánto nos debieron haber pagado para recordarlo?, ¿qué tamaño tenía el rótulo para vislumbrarlo desde cualquier punto de la ciudad?

Somos viejos conocidos, él aún vivirá cuando no estemos ahí o acá y si llegara a despertar más vale huir y olvidarse del poniente de San Salvador.

Comparo fotografías actuales con mis daguerrotipos guardados en la memoria, el Volcán de San Salvador cotidianamente sobrelleva las insidias de taladores y urbanistas que día con día devoran su intimidad.

El volcán es santuario ambiental, símbolo de encuentro del pasado, presente y futuro, ¿seguiremos deforestando nuestro patrimonio natural?, ¿seremos solidarios solamente en la tragedia cuando no haya nada que hacer y los deslaves arrasen colonias enteras?

Gabriel Otero

12 de julio de 2010

EL MANOTAS

PALABRA DE CÍCLOPE


Ah que pulpo tan tentón, se llama Pablo pero le dicen “El Manotas” por la rapidez de sus extremidades, oriundo de la Colonia Buenos Aires, chilango de estirpe y canto, de oficio cuchara o ayudante del maestro albañil.

Chaparrito y moreno como casi todos los de su raza, la hace de portero en el Teporochos F.C. uno de los tantos clubes que juegan en el llano, entre chelas y carnitas dominicales.

Mientras no se beba la primera caguama “El Manotas” es garantía en el arco, el mejor guardameta del mundo, parece que tuviese tentáculos, no pasa nada por arriba ni por abajo. Pero después de las cervezas y el pulque del medio tiempo pierde concentración y le clavan seis goles por todos lados, la sed es débil y el hígado también.

El San Lunes apremia cada semana, siempre lo despiden por no llegar a su chamba y siempre lo contratan en otros trabajos por sus habilidades manuales, no hay nadie más vertiginoso para la mezcla y el repello y es resistente para cargar las cubetas de arena o lo que le pongan en el lomo.

A “El Manotas” le encantan las multitudes para andar de mano larga, él sabe que se expone a ser capturado por tocón, y muchas veces ha llegado lejos y soba resuelto y se retira cuando ellas recién se dan cuenta.

Las horas pico en el metro son sus favoritas, aborda los vagones en los que ve mujeres, de preferencia solitarias, las acosa con las manos, algunas aguantan el abuso por pena, otras gritan y mientan madres y las menos fantasiosas disfrutan los rozones.

“El Manotas” se sabe arbitrario, hijo de Dios, descendiente de Cuauhtémoc y La Malinche, adorador de la Santa Muerte, sus dones de ilusionista digital son su gran y único atributo, ¿para qué quiere más si tiene lo que necesita?

Sus cuates, carteristas de profesión, lo incitan a tomar lo que no es suyo pero él se niega, su habilidad es envidiada en el barrio, sitio famoso porque ahí se desmantelan coches en cinco minutos y en otros cinco se venden en partes.

“El Manotas” no aprende a pesar de los sustos, en una ocasión su víctima resultó ser mujer policía que sintió una mano inquieta posarse en su pubis, casi lo atrapan, alguien jaló la alarma del vagón, en el barullo ella no reconoció al agresor y se pudo escapar de los tres meses reglamentarios en el reclusorio norte pero le pudieron prescribir cuando menos seis años para aminorar su calentura.

A “El Manotas” se la pela la ley aunque vea o sea ciega, él es de esos inmortales que edifica ciudades, él es uno de esos acosadores sexuales que pocos extrañarán si amanecen flotando hinchados en el canal de Cuemanco.

Y entonces su madre clamará justicia porque su hijo era el humilde aprendiz de albañil, un pan de Dios que nunca hizo daño, un muchacho que jugaba fútbol cada siete días y al que llamaban “El Manotas”.

Gabriel Otero

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